Arte: Arrollador Marc Bijl

Por Francisco Carpio

Toma II. Escena I. ¡Acción!: Lara Croft, con toda la excesiva geografía de su cuerpo embadurnado de petróleo y dos grandes pistolas, nos recibe a la entrada de la exposición. Con un cigarrillo encendido en los labios parece sonreirnos en una mueca algo inquietante y algo divertida. Tras su figura life-size de poliéster puede leerse, escrita en la pared con el gesto nervioso y clandestino de los graffiti: «La rivoluzione siamo noi», famosa frase empleada por el padre padrone Giuseppe Beuys en una de sus obras (que no se por qué siempre me recuerda a la del último Nietszche paseando su locura por las calles de Italia: «Siamo contenti?»)... Amén.

Una efectista pero eficaz apertura para esta efectista pero eficaz muestra de Marc Bijl (Holanda, 1970). Lo curioso -o no- es que esta misma obra abría igualmente otra exposición albergada también por el DA2 en 2005, Laocoonte Devorado. Arte y Violencia Política. Y, sin embargo, su potencia, su frescura, su negrura y, sobre todo, su lectura plural impiden una sensación de dejá vu. Es Toma II, sí, pero sigue siendo un buen inicio para esta nueva película.

Constantes. Inicio que nos resume varias de las constantes vitales, visuales y conceptuales de este artista. Pasemos y pensemos: utilización de determinados códigos e iconos derivados de los mass media y del multinacional almario de las grandes marcas y empresas. Presencia de ciertos símbolos adscritos a la cultura popular que, en muchos momentos, nos rebelan (de rebelde) un peligroso tufillo reaccionario. Una permanente y eficiente práctica gimnástica del humor -negro- que desborda con saludable frecuencia los civilizados límites de aquello que empieza siendo simplemente ironía. Abundantes tragos del líquido de fuego de la violencia, que ingiere en el bar del mundo, para después expulsarlo en forma de agresivas y, al mismo tiempo, sutiles imágenes-ideas. Continuos guiños cómplices y referenciales a la Historia del Arte (ahí están mezclados el situacionismo, el conceptual, Mondrian, Barnett Newman o Sol LeWitt) y de la -alta- cultura, emitidos desde los sótanos de la baja?

Así, como señala Javier Panera, uno de los dos comisarios de la muestra: «Marc Bijl juega una especie de "guerra de guerrillas" con los iconos, los signos y el lenguaje, poniendo al descubierto los estrechos lazos que unen las distintas formas de violencia con las grandes marcas multinacionales o los mass media; su trabajo desenmascara símbolos y mitos de la cultura popular, dejando ver sus implicaciones reaccionarias; hasta tal punto de que no hay un solo elemento de atracción en estas obras que no esconda una amenaza subyacente, un fino humor negro o una cualidad cínicamente subversiva que obliga al espectador a posicionarse en sentido moral y estético».

Gramáticas visuales. Bijl arma una compleja y completa gramática visual y conceptual que, irremediablemente, acaba rimando con singular y con plural. Muchos son, pues, los palos lingüísticos y expresivos que toca (nunca mejor dicho, como pronto veremos) este artista: instalaciones, pintura, escultura, intervenciones en espacios públicos, objetos, fotografía, acciones, grafiti, vídeo? Y ahora toca lo que decíamos antes que él toca, es decir, el bajo en la banda holandesa Götterdämmerung, con lo que la música, en este caso, en la onda Afterpunk y Gothic New Wave, se incorpora también a su imaginario creativo. La exposición que nos propone el DA2 dispone una amplia selección de obras, y sirve para dar cuenta de por dónde van sus tiros, sus guiños, sus puñaladas y sus carcajadas.

El fin de los símbolos. Pienso así especialmente en algunas piezas: el símbolo de la paz, tan asociado al hippismo y la contracultura de los 60, arde consumiéndose como el fuego y consumándose como un juego inquietante (Burning Peace); una especie de torre-tarta que intenta reflejar a base de fotos, objetos y textos el carácter espectacular, huero e hipnótico de buena parte de nuestra sociedad (Search into the Nature of Society); un caótico ensamblaje de altavoces y reproductores de CD que construyen un sombrío barrio de sonidos, lanzando al aire y alcanzando nuestros tímpanos con una amalgama de voces y discursos políticos (Churchill, Stalin, Hitler, Luther King, Che Guevara, Fidel Castro, Kennedy), un coro desafinado y desafiante (Reason to Believe), sin duda una de sus piezas más redondas.

También nos espera el vídeo de una performance filmada en el metro de Berlín que nos muestra y demuestra el poder intimidatorio de los uniformes ante la uniformidad de los sumisos y perplejos ciudadanos, que terminan pasando por el aro o por las horcas caudinas de un absurdo pero plausible control de pasajeros (In search of the suspicious); o ese otro vídeo en el que David Beckham, icono entre los iconos del consumo, el culto a la personalidad y la vacuidad, recibe una descarga sobre su camiseta blanca del Real Madrid, otro poderoso icono (Forever Sport). Nada es imposible? O la negra y brillante escultura de Batman, con una guitarra-arma, contemplando un texto escrito en la pared: «All the World is a Stage, es decir: «Todo el mundo es un escenario» (The World is a Stage). Toda una declaración de intenciones por parte de alguien que nos dice, casi al oído, que todo aquello que sucede dentro -o en las fronteras- del Planeta Arte, al fin y al cabo, no es sino «una cuestión de re-presentación»

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=12045&num=905&sec=36

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