Arte: Diálogo en dos idiomas
El apoyo de Brasil a las artes visuales y su valoración del intercambio bilateral se reflejan en una impecable muestra de obras efímeras de artistas brasileros y argentinos, en el Palacio Pereda
Por Javier Villa
Para LA NACION - Buenos Aires, 2009
No es arriesgado decir que la mayoría de los artistas locales desearía exhibir su obra en una galería brasileña: es cerca, no hay tanto circo ni tanta histeria y el mercado tiene otra escala. Difícil pensar la contracara: más allá de Artur Lescher, Brígida Baltar y ciertos casos aislados, poco se ha visto de artistas brasileros contemporáneos en los espacios comerciales porteños. Y aún ante el desequilibrio de este estado de la cuestión, la política cultural brasileña pareciera apoyar, de forma más enérgica que la Argentina, los diálogos bilaterales y regionales. No sólo por los grandes eventos, como la Bienal del Mercosur o la muestra Argentina Hoy, que llevará obra de 30 artistas locales a San Pablo, en julio, y a Río de Janeiro, en septiembre, sino también por un trabajo silencioso, pero fundamental, que viene realizando hace cuatro años la Embajada de Brasil y cuya faceta pública se volcó, este año, en la muestra Transitorio-Permanente (no confundir con el colectivo de artistas Provisorio-Permanente ), inaugurada con una recepción lujosa durante arteBA y que podrá visitarse hasta agosto en el increíble Palacio Pereda, sede del embajador Mauro Vieira. Fue él quien convirtió la planta baja del edificio en un espacio de arte, inaugurado por Lula da Silva el año pasado, y quien hizo de las artes visuales un asunto de Estado.
Es posible analizar el evento tomando como eje el título de la muestra pero desde un punto de vista centrado en la política cultural y no en el uso teórico propuesto por la curadora argentina, Laura Buccellato, y su colega brasilero, Franklin Espath Pedroso. Desde 2006, la embajada realiza un trabajo político que ya podría caracterizarse de permanente y que vale la pena leer como parte de la misma estrategia de esta muestra transitoria: el subsidio de 25 m2 de stand en arteBA para las galerías brasileras que, sumado a los 25 m2 que otorga la arteBA Fundación a todo proyecto regional, construye un espacio interesante sin costo alguno.
La importancia de esta acción no reside en el hecho de que una embajada, por medio de su Ministerio de Relaciones Exteriores, subsidie un proyecto privado con fines de lucro y apuntalado en el mercado, sino en los efectos que acarrea como intercambio para ambos países. La feria tuvo nueve representaciones brasileñas en 2008 y cinco este año de crisis, lo que fue consolidando el diálogo bilateral y se transformó en una plataforma para que cada vez más artistas argentinos trabajen con galerías paulistas y tengan la posibilidad de acceder a ese circuito. Algunos ejemplos de argentinos que ya tienen un pie en el país vecino son Matías Duville, Martín Legón, Silvia Gurfein, Martín Di Girolamo, Pablo Siquier, Juan Tessi, Hernán Salamanco, Nicola Costantino y Max Goméz Canle.
La parte transitoria -la muestra en el Palacio Pereda- también basa su fundamento principal en el intercambio, pensada como una conversación entre artistas argentinos y brasileños. La selección no es arriesgada, pero sí inteligente y prolija. Mantiene un tono de piezas simples, sintéticas y sutiles que, sumado a la metodología propuesta por los curadores (comisionar obra específica y efímera que intervenga el espacio cultural de la embajada), vuelve atractiva la exposición.
Comienza con un trabajo sencillo y potente de Tomás Espina, ganador del último Premio arteBA-Petrobras. Una nube negra surge de los conductos de aire; a diferencia de la obra premiada, donde quema paredes y dibuja sobre el hollín, el artista incendia el techo de la embajada recordando el aire negro y viciado que permanece luego del despliegue de un acto masivo y violento. Una obra que cierra visual y contextualmente si es posible ubicarse bajo los techos del primer piso del palacio, pintados por el español José María Sert.
Las siguientes propuestas, de Mariano Sardón y Milton Marques, trabajan sobre la tecnología y lo continuo, desde polos opuestos. Lo de Sardón es high-tech, calculado y frío; un proyector funciona como máquina textual en movimiento perpetuo que revela teoremas matemáticos sobre el infinito. Lo de Marques es low-tech, azaroso y orgánico; un artefacto hogareño es alterado para transformarse en una cascada permanente de rollos de papel de oficina, que descansan sobre el piso construyendo un colchón cambiante de formas ondulantes.
Luego del paréntesis tecnológico, el proyecto de Ana Gallardo estremece y resuena en la sombra negra, violenta y silenciosa de Espina. En una serie de tarjetas postales que el público puede tomar, la artista dibujó a lápiz y carbonilla un objeto que pertenece a distintas mujeres y niñas desaparecidas por las redes de tráfico y trata de personas.
Con la obra de Sandra Cinto, la muestra vuelve a tomar un giro y abre al último trío de perfil más paisajístico. En una sala circular, sobre un fondo de franjas geométricas en degradé de azules, la brasileña despliega, a modo de mural, un mar de arabescos amalgamados que recuerda a las curvas y ondulaciones de la cascada de Marques y al cielo de La noche estrellada de Van Gogh. El paisaje de Eduardo Coimbra es un display de tubos fluorescentes que recrea un cielo azul, parcialmente nublado, trabajando sobre el binomio natural-artificial. El paisaje es un dispositivo frío, algo tech, que paradójicamente irradia un calor reconfortante y al rato desaparece transformándose en un cielo visto desde persianas americanas. El trabajo de Ernesto Ballesteros también emite calor, pero en este caso visual: un resplandor, formado por 64 km de pequeñas líneas naranjas, emerge desde el zócalo. Una pieza simple y sutil que funciona como clave de arco para cerrar la muestra, en diálogo perfecto con el inicio oscuro y violento de Espina.
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