Arte: Venecia-Basel sin escalas
A cuatro décadas de su creación, la feria suiza desafió la crisis y la apatía de los compradores con obras de calidad museo; más de 300 galerías y 2500 artistas reunidos en un arco que va de Bacon a Murakami; de lo consagrado al universo fashion
Por Alicia de Arteaga
Enviada especial - Basilea, 2009
¿Qué es lo que convierte una feria de arte en un éxito global? ¿Su ubicación geográfica, el número de galerías, la cantidad de visitantes, el éxito a la hora de las ventas o los coleccionistas de alfombra roja y jet privado?
Todas estas razones suman, pero ninguna resulta tan determinante como la calidad de la oferta, y es allí donde hay que buscar el indiscutido suceso de Art Basel, que en su 40a edición ha consolidado el liderazgo planetario, a pesar de los nubarrones de la crisis financiera.
Fundada en los setenta por el visionario coleccionista y marchand suizo Ernst Beyeler, alimentó su fama en base a la selección de galerías con un fuerte arraigo en el arte moderno; pero conoció las mieles del éxito cuando fortaleció su relación con el nuevo coleccionismo al exhibir arte contemporáneo dimensión museo en el segmento de la feria conocido como Art Unlimited.
Más de 12.000 pies para mostrar "sin límite" de medida: es allí donde cada año se acorta la línea que separa una feria de una bienal. La institución ferial pone los metros y las galerías el dinero para montar la obra y trasladarla. Todos se benefician con el espectáculo.
"Una feria debe tener criterio comercial y ambiciones curatoriales", suele decir Sam Keller, casi un escolar cuando conoció a Ernst Beyeler. Keller fue el hombre que puso la feria suiza en el mapa latino con la apertura de Art Basel Miami Beach en 2002, una combinación de arte, diseño, fiestas y daiquiris con patente de éxito asegurado.
Basel es la última feria que las galerías borrarían de su programa anual, y en esa posición están Orly Benzacar, única galerista argentina en el ruedo suizo, Lisson de Londres y el emperador Larry Gagosian, con galerías en Nueva York, Roma, Beverly Hills y Londres.
Aunque las papas quemen, hay que estar. El rango de obras es amplio: desde un Warhol de 11 metros por 75 millones de dólares, que tienta al oligarca ruso Roman Abramovich, un Miró de los sesenta vendido por 6 millones de dólares, hasta una nueva instalación del marketinero Murakami. El nipón ha creado un monstruo que exhibe en sus fauces "las cosas simples", objetos de la sociedad de consumo, como una lata de Pepsi, un preservativo o un frasco de aceite Johnson realizados en colaboración con un orfebre con 25.000 piedras preciosas y brillantes.
La pieza está custodiada por expertos, vale 2 millones de dólares y, según Le Figaro, tiene dos dueños que la han comprado a medias en un plan de "tiempo compartido". ¿Habrá nacido una nueva forma de coleccionar?
Desde la apertura de Unlimited, diez años atrás, pasaron por el enorme galpón obras de Richard Serra, Gregor Schneider (ganador del León de Oro en el pabellón Alemán, Venecia 2003), Daniel Buren, Sigmar Polke, Toni Muntadas, el argentino Miguel Angel Ríos... El 75 % de los trabajos exhibidos son nuevos, dato que aproxima la exhibición al espíritu provocativo y transformador de una bienal.
En la primavera boreal, los artistas que están en el candelero y fueron noticia dijeron presente en ambos "eventos". La obra de Bruce Nauman, ganador del León de Oro por el pabellón de Estados Unidos (curado por el rosarino Carlos Basualdo) está expuesta en cinco galerías. Tanya Bonakdar, galerista de Nueva York, llevó a Basilea las galaxias de tensores del argentino, radicado en Alemania, Tomás Saraceno. Antes de que la feria abriera sus puertas al público, en el día de compras a puertas cerradas, la pieza tenía nuevo destino: la colección de Diego von Buch. El publicitario alemán Christian Boros encargó a Saraceno una versión "propia" de la instalación expuesta en el Palazzo delle Exposizioni, en Venecia. Boros declaró a la prensa que había conocido a Saraceno por un amigo común, el artista Olafur Eliasson.
La suiza Silvia Bächli, Maurizio Cattelan, autor de la piscina con el suicida flotando (en el pabellón nórdico de la 53 Bienal de Venecia), y la ascendente Nathalie Djurberg, con sus escatológicas y escalofriantes animaciones, se repiten en Venecia y en Basel; otro tanto pasó con la obra de Pistoletto, Rauschenberg, Rirkrit Tiravanija, la holandesa Fiona Tan y el brasileño Cildo Meireles. El mundo del arte es demasiado chico para ser ajeno. Los circuitos de legitimación se vuelven deliberadamente endogámicos, con los beneficios y los riesgos que esto supone.
Al doblete Venecia-Basel sin escalas se suma ahora la Punta della Dogana, el museo de arte contemporáneo inaugurado por François Pinault un día antes de que la Bienal abriera sus puertas, cuestión de capitalizar a los invitados VIP. Pinault ha llevado a su Dogana la marca Bienal con las obras de Sigmar Polke seleccionadas por Robert Storr, en 2007, para el pabellón oficial. Esas inmensas pinturas sostenidas por la alquimia de la textura están en una de las salas de la antigua aduana reacondicionada por Tadao Ando. De la bienal al museo no hay más que un paso y de la bienal a la feria media la distancia de una hora de vuelo desde Marco Polo al aeropuerto de Basel, o las seis que exige el delicioso viaje en tren desde la ferrovía Santa Lucía hasta la estación de trenes de Basilea, donde el tranvía de la Línea 2 (gratis para visitantes) lo llevará hasta las puertas de la Messeplatz sede de Art Basel, la estratégica vidriera del arte contemporáneo y moderno (el "outlet de los curadores", dicen las malas lenguas) que en cuatro décadas ha recibido a 3109 galerías.
El día First Choice para coleccionistas culmina con un largo y conversado vernissage , donde compradores y galeristas intercambian el mapa personal de las obras imperdibles. Un cruce de datos del que participa la crema del galerismo mundial, desde Lelong a White Cube; están curadores de museos como Gary Tinterow; curadores independientes como Ana Sokoloff (fichada para dirigir Pinta Londres) y directoras feriales como Lourdes Fernández, de ARCO de Madrid.
A la hora del balance, dos datos fueron determinantes del suceso de Basel: su ubicación geográfica y la proximidad en el calendario con la inauguración de la Bienal de Venecia.
El astuto Beyeler (87) hizo fortuna vendiendo arte moderno, creó la feria a su imagen y semejanza, convocó a las grandes galerías francesas, alemanas, inglesas y suizas; a sus amigos coleccionistas y a los artistas, los sentó a todos en la misma mesa, probablemente chez Donati frente a unos tagliolinis a la matriciana , y puso el listón de la exigencia en el nivel más alto. Cuando el mecanismo comenzó a funcionar como un reloj suizo, se retiró a cuarteles de invierno y le dio la batuta a Sam Keller, mientras convertía la Fundación Beyeler en un museo firmado por Renzo Piano y considerado de manera unánime uno de los edificios más bellos del mundo para exhibir arte: en estos días aloja 150 obras del suizo Giacometti.
Según aseguran los expertos, el Kunstmuseum de Basilea tiene la colección pública más antigua de Europa. Esa tradición se continúa hoy con una generación de coleccionistas que en su mayoría vienen de emporios farmacéuticos como La Roche y Novartis. El principal sponsor de Art Basel es, desde hace veinte años, el UBS. La Unión de Bancos Suizos mantiene firme su apoyo al arte, a pesar del tsunami financiero que le ha costado una porción importante de sus beneficios. El catering del collectors lounge es más modesto, pero los banqueros no han cedido un centímetro del espacio conquistado. El segmento de diseño de Art Basel, impulsado por el éxito de la versión Miami Beach, tiene en el HSBC un nuevo patrocinante que ha ilustrado su campaña con una divina obra del argentino Pablo Reinoso, de la serie de bancos con brotes "vegetales".
Basel tiene más museos que restaurantes: el Tinguely, de Mario Botta, el novísimo Schaulager, de Herzog y de Meuron y el Vitra, de Frank Gehry. Tiene también la más antigua universidad al norte de los Alpes, con alumnos de nota, como Erasmo y Nietzsche. Es una ciudad tranquila de 190.000 habitantes que altera su rutina una semana por año para albergar la feria más importante del mundo y recibir 60.000 visitantes.
En este panorama, la necesidad tiene cara de hereje o la gastronomía le ha jugado una mala pasada al arte. Con sorpresa descubrí en esta visita que el Kunstmuseum (también se llega con el tranvía Línea 2) ha quitado del atrio de entrada la formidable escultura de Rodin Los burgueses de Calais, para dar espacio a un simpático bistró con mejor oferta gourmet que servicio.
Es de esperar que sea un cambio temporario, mientras dure la muestra de paisajes de Van Gogh: 70 pinturas iluminadas por el sol del sur de Francia, que llenó de oro la paleta del sombrío holandés. Completan la exposición cuadros de Manet, Sisley, Renoir, Degas, Cézanne y Gauguin, del patrimonio del Kunstmuseum.
¿Y las ventas? "No bajarán los precios, pero las operaciones serán más lentas", sentencia Helga de Alvear, miembro del comité de selección, que tiene fecha puesta para inaugurar un museo con su nombre en Cáceres, España. Se acabaron los coleccionistas que hablan por celular y compran a golpe de chequera. Siempre queda un Brad Pitt que entra por una puerta y sale por otra tras haber comprado un cuadro de un millón de dólares. Pero la crisis ha puesto las cosas otra vez en su lugar. Están de vuelta los conocidos de siempre: señores que peinan canas y usan chaquetas bávaras; discretos y firmes en su decisión, coleccionistas que saben lo que quieren antes de cruzar el umbral de la Messeplatz.
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