Cultura: Las reinas de Francia

Por Marc Fumaroli

En el siglo XXI, cuando la feminización de los nombres de función -y de las propias funciones- ha alcanzado su máximo apogeo, el nombre de «reina», feminizado desde la más remota Antigüedad, hace latir los corazones más que nunca. Las reinas, durante los interminables milenios machistas, han sido las rarísimas excepciones al sometimiento femenino, las únicas que han ocupado oficialmente una función política y que se han revestido de sus atributos simbólicos, las únicas que, en caso de viudedad, ausencia de heredero directo al trono, excesiva juventud del hijo mayor, o más raramente, de autoridad compartida con sus esposos, como en el caso de la bizantina Teodora o de Isabel la Católica, han ejercido en su plenitud el poder de Estado.

Aun hoy permanece intacta la fascinación ejercida desde la Antigüedad por la cortísima lista de mujeres que han asumido una autoridad pública en principio reservada a los varones: Semíramis, Atalía, Cleopatra, Zenobia, Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla, Isabel I de Inglaterra, María Teresa de Austria, Catalina II de Rusia. Todas ellas antepasadas gloriosas de Golda Meir, Margaret Thatcher o Angela Merkel.

Prácticas de magia. La arqueología moderna ha revelado el caso más extraordinario, el de la egipcia Hatseput, que ejerció la función divina de Faraón como si fuera de sexo masculino, entregándose a prácticas mágicas para cargarse de energía viril, y haciendo que la enterraran en una tumba monumental erigida junto a las de los varones en la necrópolis de Luxor.

En Francia, nación célebre desde el siglo XIII por su cortesía hacia las damas, una «ley sálica» que se supone que se remonta a los francos salios prohibía que el trono francés fuera ocupado por una hija de la dinastía reinante. Excepto con el título provisional y debilitado de regente, en caso de ausencia del rey o a la espera de que el hijo mayor fuera proclamado mayor de edad. Después de la regencia memorable de Blanca de Castilla, madre de San Luis, que había partido a las Cruzadas, le tocó a la madre de Francisco I, Luisa de Saboya, ejercer una regencia de hecho durante el tiempo en que su hijo, hecho prisionero en Pavía en 1515, fue retenido en Madrid: humillación única, antes de Sigmaringen, en la historia de Francia. Después le tocó el turno a tres regentes: dos florentinas, Catalina y María de Médicis, una Habsburgo de España, Ana de Austria, y reinas que no tuvieron la menor ocasión de ejercer la regencia, como la tímida María Teresa de España, esposa de Luis XIV, la discreta María Leszczynska, esposa de Luis XV, y la excesivamente deslumbrante María Antonieta, «la austriaca», que concluyó de forma trágica el ciclo de las reinas de Francia.

Mal augurio. En el Antiguo Régimen, todos creían saber que una regencia femenina era de muy mal augurio, ligada a un duelo o a un desastre. Además, esta suplencia debilitaba el poder real y condenaba al régimen a disturbios civiles. En Francia, Juno no podía sustituir sin gran daño a Júpiter-Marte. Catalina de Médicis, que se convirtió en regente muy joven, después de la trágica muerte de Enrique II en 1559, tuvo que permanecer en el poder durante treinta años, casi hasta su propia muerte, ocurrida en 1589, debido a la muerte prematura de sus dos hijos mayores y a la influencia que ejercía sobre el tercero. Estos fueron los años de guerra civil más terribles de la historia de Francia. Tanto los católicos como los protestantes echaron la culpa a esta extranjera vestida de luto cuya persistencia maléfica en el trono había adquirido un aire de usurpación. Un guión análogo, aunque menos sangriento, se desarrolló bajo la regencia de María de Médicis (1610-1617), acusada de complicidad en el asesinato de Enrique IV y obligada a ceder ante la presión de las facciones, y luego, de nuevo, bajo la regencia de Ana de Austria (1643-1651), obligada a capear dos Frondas sucesivas.

Amargo recuerdo. Cuando murió Luis XIV, en 1715, éste no tenía ninguna solución femenina para el problema que planteaba su sucesión. Dado que su único bisnieto superviviente tenía cinco años, el Gran Rey tuvo que confiar la regencia al duque de Orleáns, su sobrino, del que desconfiaba con razón. Su testamento retiraba al Regente toda autoridad sobre la educación del futuro Luis XV y le asignaba un consejo de regencia compuesto por personas de confianza. El regente hizo que el Parlamento de París anulara el testamento y en los puntos esenciales siguió una política interior y exterior opuesta a la del difunto rey. Al menos evitó la guerra civil inherente a las regencias femeninas. Por tanto, desde 1651, no se vio en Francia ninguna regencia femenina, a pesar de los vanos esfuerzos de Chateaubriand en 1830, después de la huida de Carlos X, a favor de la nuera del rey depuesto, la duquesa de Berry. El amargo recuerdo dejado por los interregnos femeninos ha permanecido vivo en el subconsciente nacional. Y supone un poderoso obstáculo para la ambición de una Ségolène Royal de ocupar algún día el trono electivo reestablecido por la constitución de la V República a la cabeza del Estado francés.

Sí, pero la maldición que pesa sobre las regentes y la relativa penumbra reservada a las esposas de nuestros reyes tenían una recompensa, poco atractiva sin duda para los oídos femeninos modernos, pero muy popular en la antigua Francia y objeto de asombro lleno de admiración en la antigua Europa. Es la extraordinaria función casi oficial y reconocida de hecho, al menos desde Carlos VII y la bella Agnès Sorel, a la amante real titular. Otra institución de hecho se convirtió en habitual en el siglo XVI con la unión de Luis XII y el cardenal de Amboise, hasta Luis XV y su ex preceptor el cardenal de Fleury, pasando por Francisco I y su cardenal Du Bellay, Luis XIII y su cardenal Richelieu, el joven Luis XIV y su ex preceptor el cardenal Mazarino, y el regente y su ex preceptor el cardenal Dubois.

Este frecuente recurso real a un cardenal de la Santa Iglesia para la función de primer ministro equilibraba y moderaba las virtudes masculinas, virilidad genésica y virilidad guerrera, naturales en el rey. Los cardenales primeros ministros, Du Bellay, Mazarino y Fleury, fueron pacíficos. Richelieu, que adoraba vestir la armadura y ponerse a la cabeza de las tropas en campaña con o sin Luis XIII, no fue una excepción. Adoptaba, en estas ocasiones, el lado marcial de Minerva, la diosa ateniense de la Razón. Luis XIV prescindió después de 1661 de este apoyo cardenalicio. El burgués burócrata Colbert ocupó su lugar durante mucho tiempo.

Voluptuosa Venus. Pero el toque humano y risueño de sus reyes, que hizo que los franceses les amaran verdaderamente, lo dispensaba y publicaba la institución de la amante real. No tenía equivalente, con este grado de oficialidad, en las otras monarquías europeas. Al rey Júpiter-Marte de la nación, refrenado por una sabia Minerva eclesiástica, le convenía una bella Alcmena o una voluptuosa Venus que le calentara, le relajara, y le pusiera de excelente humor. Por sus excepcionales atractivos eróticos de geishas, algunas mujeres podían acceder no al trono, como las princesas que se desposan, sino al lecho real, donde a los franceses les encantaba imaginar a sus reyes apasionados y contentos. Los hijos bastardos, nacidos en gran número de estas relaciones públicas, fueron legitimados, y varios de ellos, como un tal César de Vendôme durante la Fronda, gozaron de gran popularidad. Francisco I, Pantagruel, fue adorado por sus amores. Él, por decirlo de algún modo, legó a su hijo mayor, Enrique II, su última amante, Diana de Poitiers. Enrique IV debió su fama de alegre juerguista a sus numerosas amantes. Aspiraba incluso a hacer de una de ellas, Gabrielle d?Estrées, su reina. Ella murió oportunamente en 1599, evitando una mezcla de papeles.

Poder clandestino. Luis XIII fue respetado más que amado, debido a una vida amorosa tan «normal» como la de su padre. Durante su juventud, Luis XIV hizo gala, aún más resueltamente que su abuelo, de amantes encantadoras o brillantes. Luis XV, que espabiló después de su boda, no paró nunca. El «Bienamado» convirtió a Madame Pompadour, y luego a Madame Du Barry, en reinas del harén, aunque sólo disponían de un poder político indirecto y clandestino. Luis XVI cometió el error de amar sólo a su mujer. María Antonieta se perdió por comportarse, siendo reina legítima, como amante real, confusión fatal en Francia.

Podemos divertirnos aplicando a los nuevos soberanos franceses de la V República el esquema Júpiter-Marte/Minerva/Venus/Juno de la realeza del Antiguo Régimen. Nunca se ha reproducido en estado puro. Nuestras Junos son discretas y nuestras Venus, poco o nada visibles, salvo a toro pasado. Nuestras Minervas-primeros ministros nunca han durado mucho. Nuestros Martes-Júpiter también han salvaguardado la ley sálica y mantenido la virilidad en el trono. ¿Perdurará Carla Bruni como una segunda María Leszczynska o como otra María Antonieta? Este juego de sociedad marcha a buen paso.

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=12023&num=905&sec=31

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