Cultura: Poco país para tantos genios
Por César Antonio Molina
Rosencrantz le dice a Hamlet: «Dinamarca es poco país para vuestro ánimo», y esta frase le sirve a Ion Vartic para aplicársela a Cioran, Eliade e Ionesco con respecto a Rumanía, el país de sus orígenes. En estos tres autores la ridiculez y la vergüenza de ser rumano aparece en sus obras como justificación de la expatriación. Rumanía era geografía, no Historia; un conjunto de pueblos que no fueron capaces de formar una nación, sin una gran cultura universal y una lengua mayoritaria.
Vartic desempolva una de las obsesiones de los pequeños países, el complejo de inferioridad con respecto a los grandes Estados. Y esta preocupación masoquista toma tintes de género en Rumanía. «El sentimiento más patético de la existencia es el de saberse inútil», decía Cioran. Inútil y ridículo en virtud del lugar del que se procede y al que se pertenece. Cuando Cioran nació en Transilvania, pertenecía al Imperio Austrohúngaro y Viena era la gran capital. En el primer viaje a la ciudad del Danubio, el filósofo se dio cuenta de su «pequeñez como rumano». En las grandes culturas, pensaba Émile, el individuo se salva. Las pequeñas culturas sólo son parientes pobres, «las culturas pequeñas te pierden» en imitaciones, en asuntos menores.
Sed demiúrgica. Cioran y su generación, explica Vartic en Cioran ingenuo y sentimental (Mira Editores, 2009), repleta de genios de trascendencia universal, habían nacido con una «sed demiúrgica» en una cultura de «calibre» minúsculo que era el reflejo de un país «liliputiano». En No, Ionesco no daba ninguna oportunidad a la cultura rumana. Tampoco a compatriotas como Eliade o Cioran si no daban el salto fuera de ella. La cultura rumana, al carecer de importancia, no era considerada seria, imitaba a la europea, era una pariente pobre. El propio Ionesco se veía condenado a la marginación. En realidad, los rumanos se sentían orgullosos de no ser nada, de vivir al margen de la Historia, y les perturbaban personalidades tan extraordinarias como las de Cioran-Eliade-Ionesco, con un sentimiento de eternidad y absoluto. Personalidades tan gigantescas que un país pequeño no era capaz de asimilarlas. Vartic lo ejemplifica muy bien utilizando el personaje de Schiller, Fiesco.
El hecho de no ser Pascal. El síndrome de Fiesco se produce cuando un individuo demasiado grande habita en un país demasiado pequeño. A Cioran -según Ionesco- le sacaba de sus casillas el hecho de ser Cioran y no Pascal; es decir, el hecho de saberse tan inteligente como cualquier filósofo francés pero teniendo la desventaja de ser rumano. En una carta enviada a sus padres en 1946, Cioran les comentaba: «Me mantengo al margen de la colonia rumana, llena de intrigas y conflictos. Estoy totalmente decidido a convertirme en un escritor francés. De qué me sirve haber publicado cinco libros en Rumanía. Nadie los puede leer».
Todos estos jóvenes autores se habían dado cuenta de que la única forma de realizarse era abandonando su nación. Ionesco quería pasar por francés. Eliade, por francés o norteamericano. El único expatriado era Cioran. Nunca quiso ser ni exiliado ni francés, sino únicamente apátrida. Cioran, como los judíos errantes, eligió ser un extranjero de sí mismo, un extranjero en sí mismo, un apátrida innato, perseguido por el fantasma de un país sin territorio, exiliado de nacimiento. Al pensador rumano le encajaba muy bien la frase de Thomas Mann «el judío puede ser reconocido en cualquier lugar como extranjero». Expatriado de su nación. Expatriado de la filosofía, pues sus ideas no procedían de los libros, sino de sus pensamientos. Expatriado de la sociedad: sin trabajo, sin deberes, sin familia. Donde no hay una patria nacionalista, sólo allí se está bien, venía a decir el autor de En las cimas de la desesperación. Marina Tsvietáievaya había advertido que cualquier poeta está destinado a ser judío.
Y Cioran era un pensador-poeta, un pensador por cuenta propia. Toma los defectos de su país y los hace suyos. ¿La cultura rumana no es nada? Pues él se siente orgulloso de no ser nadie. ¿La cultura rumana no tiene tradición? Pues él se declara innato en sus saberes y auroral: «No me ha influido nadie». Cioran admiraba a Eliade por nombrar a otros sabios y contribuir así a ese ingente palimpsesto de citas.
Cioran es un judío errante o, más bien, un gentil errante. Está liberado del paisaje, del arraigo. No es de aquí, en ningún sitio está en casa, no pertenece a nadie ni a nada. ¿La cultura rumana estaba fuera del tiempo y era ahistórica? Cioran entonces se declara sin edad, perdido en el tiempo. Cioran es profundamente crítico con su país, pero asume todos los tópicos y los expande como propios. Rumanía, un país de segunda mano, patriarcal, rural, ahistórico, de cultura menor, anónima. También Cioran exaltó el anonimato y la ausencia de nombre. Vartic recoge esta cita de Merejkovski: «El hombre obsesionado con la idea de que va a ser leído se vuelve necio al instante».
Edad dorada. «Únicamente estimo en este país a aquellos que han querido dejar de ser rumanos, pues sólo ellos podrán ser los rumanos del mañana. Ser rumanos de verdad implica no querer ser rumanos tal como se entendía hasta ahora», escribió Cioran. Eliade e Ionesco dejaron de serlo, aunque no del todo. El primero comprendió lo grande que podía llegar a ser un rumano cuando sale al mundo; el segundo reconoció que la revuelta contra la cultura de su país dio lugar a una edad dorada en el extranjero. Los complejos de inferioridad siempre han sido asumidos por infinidad de pueblos pequeños. Decía Gombrowicz: «Nací en un país donde la actividad principal de todo el mundo es la de lamentarse».
En el libro de Vartic hay un capítulo muy interesante dedicado a España. Cioran era un gran amante de nuestro país. Estuvo a punto de venirse a vivir con nosotros, pero estalló la Guerra Civil. Los místicos y el fracaso de Don Quijote lo habían atraído desde la juventud. El drama de España era el sentimiento de decadencia. Francia y Gran Bretaña se habían realizado como países, mientras que España no. España era el triunfo del espíritu subjetivo en el mundo. Una conciencia individual y egoísta. Si Rumanía había sido una entidad ahistórica, España llevaba siglos administrando su letargo. Ese individualismo fascinaba a Cioran, lector de San Juan, Santa Teresa, Gavinet, Ortega, Unamuno y amigo de María Zambrano.
Esta cercanía explica que la obra del rumano-francés tuviera desde sus inicios una gran recepción en nuestro país. La decadencia era y es un concepto corriente entre nosotros -apenas superado en las últimas décadas-, un cliché, una divisa oficial. España y Rumanía, como tantos otros países del mismo continente, pensaron en engrandecer sus raíces a través de la integración en Europa. Nada más lejos de las ideas de Cioran. Para él, la genialidad hispánica se basaba, precisamente, en ese destino genial e inconcluso, pero creador de espíritus irrepetibles. En vez de países ordenados, asentados, obedientes y racionales, Cioran optaba por el ejemplo hispano-rumano: irreflexivos, agitados, contradictorios, furiosos contra ellos mismos e ilógicos.
Sentimiento de culpa. Entre su país y el nuestro observa también muchas diferencias abismales. En Rumanía no había sentimiento de culpa, mientras que en España era un elemento esencial de su ser. Don Quijote, Don Juan y la Celestina así lo confirmaban. Países escépticos, el español y el rumano. Países fatalistas. Si a España la habían obligado a retirarse temporalmente de la Historia, Rumanía ni siquiera había querido entrar en ella. Para Cioran, sus compatriotas vivieron como plantas durante mil años. Un pueblo de aldeanos encantados de no tener que intervenir en el devenir del mundo. ¿Cuántos países como España habían tenido un Siglo de Oro? Ionesco-Cioran-Eliade eran hijos sin padres y por sus venas circulaba «sangre sin estirpe». Ellos ayudaron a cambiar el rumbo soñoliento de su país, inmerso, durante casi todo el siglo XX, en dos antagónicas dictaduras sangrientas.
«No hago nada y ni siquiera pienso, me rondan algunos pensamientos y yo los dejo en libertad.» Cioran, adlátere de Dios en el monólogo del solitario. «Cuando estoy solo estoy completo, y cuando estoy con otros no estoy completo.» Cioran sin los hombres, sin la patria, sin Dios. Para él, Dios era su infinita intimidad e individualidad. A Dios lo consideraba una especie de álter ego, un compañero de soledad absoluta en plena noche. Cioran, filósofo de la confesión, de la subjetividad y la literatura, como Séneca, San Agustín, Montaigne, Pascal, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche. Filósofo del fragmento como expresión donde fija por escrito sensaciones, estados, accesos, reacciones, todas de carácter fulgurante. Dandi metafísico viviendo en un ático, en la rue de l'Odéon, en compañía de las nubes. Comparto con él esta frase de Baudelaire: «Siempre me ha producido verdadero espanto llegar a ser una persona útil». Eliade-Ionesco-Cioran y tantos y tantos otros, ¡Rumanía ya en la Historia!


Comentarios