Debate: La crisis como catarsis

Por Alfonso Armada

Su afán de averiguar la verdad a cualquier precio acaba condenando a Edipo: descubre que no otro sino él es el asesino de su padre y que la mujer con la que yace es su madre. La revelación deslumbra a los espectadores que asisten al autocastigo del pobre Edipo: se revienta las córneas para penar el resto de sus días como un ciego. La catarsis que servía a los griegos para purificarse nos roza hoy las sienes adormecidas por la molicie. Cabe preguntarse si la crisis que ha venido a despertarnos de la lasitud puede servir de acicate: que el arte alumbre tiempos sombríos.

Aunque no le gusta servir de ejemplo, Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937) podría muy bien hacer de papel de tornasol. Tras ignorarle durante años, los museos le quieren ahora coleccionar, pero a él no le place que le «almidonen». Hizo ruido su contencioso con el Reina Sofía: cuando el museo le propuso presentar un proyecto, aceptó con la condición de saber lo que habían costado las últimas exposiciones, desde montaje a catálogos, pasando por transportes y seguros. A pesar de que Valcárcel pensaba que esos datos eran de dominio público, el Reina Sofía se volvió erizo. El artista recurrió al Ministerio y al Congreso, pero sólo el Defensor del Pueblo le dio la razón. La exposición se canceló, pero Valcárcel atesora una correspondencia que retrata un fragmento del mundo.

Arte acomodaticio. Valcárcel cree que la crisis ha venido a ayudar al periodismo (este artículo/encuesta es una prueba más): «Creo que se ha marginado el verdadero sentido de la crisis. Ocurre mucho en esta época de embotellamiento de información. La crisis es una cosa muy positiva. El arte siempre está en crisis, en el sentido hermoso de la palabra. El arte es inconcebible al margen de la crisis. Porque un arte acomodaticio no es arte». A Valcárcel la crisis no le quita el sueño: «No me preocupa lo más mínimo. Yo nunca he dejado de estar en crisis. Ni disfruté del boom del mundo del arte ni padezco en este momento. Hay gente que lo está pasando muy mal, y no hay derecho a ello, pero veo cientos de resquicios. En el sentido económico hemos vivido de forma irreflexiva. La misión del arte, y más en tiempos de crisis, es espolear la capacidad y el proceso mental. Lograr creaciones artísticas más relevantes de las que hoy tenemos es fácil. Pero a los profesionales de la creación no les oigo ninguna reflexión al respecto que no tenga connotaciones económicas. Espero mucho de la crisis. Se ha vendido mucha envoltura, que es algo con lo que estamos obsesionados. A ver si así, gracias a la crisis, conseguimos que se renueve algo».

Elevar el espíritu. «Ha cundido la idea de que la crisis, al frenar el consumo, desviará al consumidor frustrado hacia actividades que salen gratis y que, en algunos casos, elevan el espíritu. En este último supuesto se encontraría el arte. El arte como espectáculo, no como propiedad. Se trata, en mi opinión, de una fantasía», asegura el ensayista y escritor Álvaro Delgado-Gal (Madrid, 1953), autor de El hombre endiosado. «Es cierto que la pobreza eleva la demanda de artículos baratos o gratuitos. Pero el arte sólo puede ser disfrutado si se dispone de condiciones -formación, gusto?- difíciles de adquirir, y de imposible improvisación. Así que no creo que la crisis haga al arte, en este sentido, más "necesario". Eso no quita para que acuda más gente a ciertas exposiciones, en el supuesto de que se pueda entrar a ellas sin pagar entrada. Ahora bien, entre entrar en una exposición para pasar el rato sin gastar un euro, o echar la tarde viendo cómo despegan los aviones en Barajas, no veo, la verdad, ninguna diferencia.» El director de Revista de Libros no aprecia «una relación sistemática entre contenidos, contexto y calidad artística. A veces, el drama social o político genera temas, preocupaciones, asuntos. Las uvas de la ira, de Steinbeck, nace de la Gran Depresión; gran parte de la literatura de Solzhenitsin, de la experiencia en los campos de exterminio estalinistas; Primo Levi no habría escrito su gran testimonio sin pasar por Auschwitz; Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica, es una gran película y un poderoso documento de denuncia social. Pero las angustias de Antonioni se sitúan en la Italia desarrollista de los sesenta; Proust se hace como escritor antes de la Gran Guerra, y Joyce la ignora. Picasso y Braque inventan el cubismo antes también de la Gran Guerra, que no les depara ningún tipo de inspiración. Puede ocurrir que un creador explote un drama histórico y social con fines estéticos, sin sentirse comprometido con la realidad humana. Es el caso de Valle-Inclán. Ocurre lo opuesto, es claro, con Goya. Lo más interesante, desde un punto de vista estético, es estimar si un estilo potencia la percepción o glosa de determinados hechos magnos. Es evidente que el cubismo no servía para hablar de la guerra. Ni la Mundial, ni la Civil española. A Valle le importaba mucho menos el ser humano que la construcción de un español literariamente perfecto».

Herencia romántica. Para la poeta y ensayista Chantal Maillard (Bruselas, 1951), «si no entramos en la consideración de que "el arte" es un concepto que entró en crisis hace tiempo y cuyo sentido y finalidad convendría reconsiderar, y nos atenemos a la herencia romántica del término, puede decirse que, en efecto, los malos tiempos son buenos para la introspección, hacen que abandonemos la superficie, donde convivimos en épocas de bonanza, para asomarnos a nuestras carencias más profundas, y el valor de sobrellevarlas. De ahí la necesidad de comunicarlo, de lanzar cabos que otros puedan recoger. Los malos tiempos son un acicate, de repente hay algo que sentir y algo que decir. Pero, en realidad, es una trampa, porque el tema del arte (ese arte) no está fuera, sino en la propia naturaleza humana, los cambios externos nada tendrían que añadir a ello. El ser humano entra en crisis siempre que se ausculta un poco, y las buenas obras son las que nos dicen algo de ese latido». Autora de libros como Hilos o Diarios indios, dice del arte como misión: «Toda misión lo es de una ideología, y poco oído tendrá aquel que se sienta poseedor de claves y respuestas».

Ha demostrado que posee oído para la música y las formas primigenias del teatro con dos montajes celebrados, El Cristo de los Gascones y El auto de los Reyes Magos, que ha escenificado con su compañía, Nao d?amores. Ana Zamora (Madrid, 1975) piensa que «más allá del repertorio abordado, el teatro es un espacio privilegiado y ejemplar de libertad, que confronta maneras de ser, de vivir, de sentir... y por tanto es un hecho político. Es fundamental para la vida en sociedad, tanto en tiempos de crisis, como en tiempos de bonanza». A la pregunta de si la crisis obliga a tratar de hacer un arte más relevante, dice la directora de escena: «Me siento bastante optimista a nivel ideológico, puesto que esta crisis hace que, irremediablemente, toda la sociedad se detenga por un momento y cuestione el sentido de una estructura económica que nos vendían como idílica y que ha resultado ser una engañifa. Los valores del mercado han regido las artes escénicas en nuestro país en los últimos años. Hemos vivido tiempos de una frivolidad indignante en la que sólo había hueco para productos rápidos y de fácil consumo. Ojalá toda esta situación nos haga abordar el teatro desde una perspectiva más humana, más profunda. El trabajo de creación requiere generosidad, y eso es algo que hemos olvidado».

Sublimar lo cotidiano. «El arte surge porque algunos seres privilegiados, los artistas, logran expresar de manera sublime la emoción que todos llevamos dentro, a través de una canción, un texto, una forma, un color?, una imagen. El arte sublima lo cotidiano, nos ilumina, despierta nuestra sensibilidad, estimula, enriquece, abre nuevos caminos? Nos hace mejores. Y ello al margen de cualquier coyuntura, da igual en época de bonanza que de crisis. En tiempo de crisis, el arte es un referente aún más necesario, porque nos ayuda a superar las penurias, las desilusiones, los desencantos... Es como una luz que se enciende e ilumina la cara buena del ser humano, lo que podíamos ser si nos orientáramos hacia la Verdad y la Belleza.» Son palabras del arquitecto César Portela (Pontevedra, 1937), que trata de que sus obras se mimeticen con el entorno o dialoguen -incluso abruptamente- con él, como el cementerio de Finisterre.

La novelista y poeta Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957), que arriesga con cada libro, cree que «el arte, igual que la filosofía o la poesía, es una forma de indagar en eso que llamamos realidad, y es imposible que una situación de crisis, sea cual sea su origen, e independientemente del punto de partida de un autor, no afecte al hecho creativo». Asegura la autora de Disección de una tormenta: «Nunca me ha interesado un arte decididamente "misionero", tendente en mi opinión al análisis simplista. Sin embargo, las situaciones de extrema necesidad, en todos los órdenes de la vida, y por supuesto el económico, nos enfrentan a una inesperada y larguísima galería de espejos, y el azogue es un extraordinario estímulo creativo. En este contexto, no sabría definir lo "relevante"».

«La única misión del arte es tan sólo crear obras artísticas. La regeneración que propone el arte va más allá de situaciones concretas, de coyunturas. Las situaciones más complicadas tienden a provocar un arte más sólido, más consciente, más clarificador. Una creación que busca seriamente hacernos más inteligentes, supuestamente mejores.» Parco en palabras, y amante de la precisión, el fotógrafo Eduardo Momeñe (Bilbao, 1952) ve incentivos en las turbulencias: «Las crisis desaniman al oportunismo, a la adaptación a las modas, a la mediocridad. Todo esto quizás sea malo para el mercado, pero no para la obra artística. Las tormentas se llevan bastantes cosas por delante, pero finalmente limpian el ambiente. La fotografía lo pide a gritos».

Campo del espectáculo. El pintor Prudencio Irazábal (Puentelarrá, Álava, 1954), que regresó a España tras más de dos décadas en Manhattan, ironiza que esta «crisis tan profetizada y publicitada ha de pertenecer también al campo del espectáculo, y es seguro que unos cuantos la tienen en la pared como buen ejemplar de arte de audiencia total». El pintor, que persevera para capturar la gracia de la luz, dice que «el arte tiene que ver con las habilidades y los desarreglos humanos y suele estar desigualmente repartido, haya o no mecenas, abundancia o penuria. Dicho lo cual, apuntemos que esta crisis, más que de crecimiento, que daría origen a un entusiasmo colectivo capaz de alumbrar una nueva visión, tiene el aspecto de un final que se pudre en la decadencia. En el mejor de los casos, estaríamos en el umbral de un período de mar calmo, y así privado del más mínimo viento que nos refresque la espalda. ¿Qué arte va a demandar una época así? No es el tipo de pregunta que uno se hace antes de ir al estudio. Ni el artista más crítico con su trabajo está libre de creer que obra vendida equivale a obra buena». En una vuelta de tuerca irónica, concluye: «Sobra decirlo, todos esperamos que la crisis se lleve por delante al arte y los artistas "superficiales", es decir, a los de la competencia».

«Es difícil saber si hay una "misión" del arte, tanto más porque la belleza estética se ha institucionalizado en los tiempos modernos como aquello que no tiene utilidad ni misión alguna, de manera que, si se hiciera por necesidad, dejaría de gozar de la libertad que le suponemos esencial. Pero es aún más difícil saber si hay en realidad algunos tiempos que no sean de crisis, aunque sean de diferente tipo. No quiero trivializar ninguna situación dramática, pero la crisis es una excusa estupenda para que mucha gente y muchas instituciones dejen de cumplir con su obligación», señala un observador que emplea la filosofía para descifrar el mundo. José Luis Pardo (Madrid, 1954), autor de Esto no es música. Introducción al malestar de la cultura de masas, responde así a la pregunta de si la crisis obliga a hacer un arte más relevante: «Suena extraño que una obra artística surja de una obligación; sin duda, las crisis, además de sugerir temas a los artistas, pueden llenarles de responsabilidad, pero parece difícil pensar que sea esta simple combinación la que haga nacer obras como las de Dostoievski o Galdós. Seguramente había muchos escritores más atentos a las necesidades y crisis sociales de su tiempo que, pongamos por caso, Flaubert o Clarín, pero son las obras de estos últimos, y no las de aquellos, las que siguen siendo un modelo. No sé si son las obras las que nacen de las crisis o son las grandes obras artísticas las que ponen en crisis a las sociedades en las que aparecen, y deben a ello su grandeza».

Con los ojos metidos en un nuevo rodaje, Mercedes Álvarez (Aldeaseñor, Soria, 1966), directora de El cielo gira, cree que «ni el artista, ni el poeta, ni siquiera el intelectual tienen ya el predicamento, la autoridad o la capacidad de influir socialmente que tuvieron en otras épocas. Creo que esto lo admitimos todos y, desde este punto de vista, tampoco creo que la actual crisis económico-financiera deje profundas huellas en el arte. El paradigma tecnológico (la suplantación de lo real) y el mercado omnipresente (el modelo intensivo de producción y consumo) son los verdaderos enemigos del artista; han colonizado la vida, la experiencia y la aventura de vivir. Como veo que, ahora, se pretende salir de la crisis volviendo a incentivar el consumo y la producción, entiendo también que se nos propone salir de esta para volver dentro de unos años a otra crisis más aguda. Pero el arte sólo regresa o se transforma cuando nos deja otra vez desnudos frente al ser, frente a la angustia de vivir; aquella que, como decían Oteiza o Heidegger, sólo el artista puede curar».

La historia se repite. Una angustia que no curará el «¡comprad, comprad, malditos!», ni la perversa variante «¡danzad, danzad, malditos!». Sin ánimo de romper espejos antiguos, miremos la crisis con la perspectiva de Varlam Shalámov (1907-1982), autor de Relatos de Kolimá, que sufrió el Gulag: «¿Por qué escribo? Yo no creo en la literatura. No creo que la literatura sea capaz de corregir al hombre. La experiencia de la literatura humanista rusa ha traído a las sangrantes ejecuciones del siglo XX, que yo he visto con mis propios ojos. Yo no creo que pueda prevenir nada, que sea capaz de evitar las repeticiones. La historia se repite. Y cualquier fusilamiento del año 37 puede repetirse. Entonces, ¿por qué, no obstante todo esto, escribo? Escribo para que alguna otra persona, cuando lea mi prosa, que está muy lejos de la mentira, pueda explicar del mismo modo su vida. El hombre debe hacer algo... Aquí no se trata de una responsabilidad común y normal, sino moral. Esta responsabilidad no la tiene el hombre común, pero en el poeta es imprescindible».

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=12134&num=908&sec=31

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