Pensamiento: Entre el cielo y la Tierra

En "El rosa Tiepolo", el italiano Roberto Calasso realiza un deslumbrante viaje a través de una obra pictórica subvalorada que representa, según el autor, "el último soplo de felicidad en Europa"

Por Alejandro Patat
Para LA NACION

¿El nombre de Tiepolo permanecerá sólo ligado al color que los comerciantes de tela asignan a un preciso tono de rosa? ¿O al color con que Proust asoció a Odette, a Albertine y a la duquesa de Guermantes, "las mujeres que más lo hicieron sufrir"? O, más bien, ¿es hora de asignarle su verdadero peso y significado a una obra que permanece minusvalorada e incluso despreciada?

En El rosa Tiepolo , Roberto Calasso intenta colocar al pintor en su justo lugar en la compleja, riquísima y articulada historia del arte italiano y europeo moderno. La tesis es osada y provocativa: Giambattista Tiepolo (Venecia, 1696-Madrid, 1770) no representaría, como quiere la tradición, una cansina reelaboración decorativa y ornamental del modelo pictórico veneciano. En realidad, es "el último soplo de la felicidad en Europa"; es decir, aquel que habría logrado comprender el sentido de la Historia, transformándola en fantasmagoría, en simulacro. Para Calasso, no hay dudas de que con Tiepolo se cierra una experiencia artística que duraba desde hacía cinco siglos y que se caracterizaba, en términos de Baldassarre Castiglione, por la capacidad italiana de alcanzar la sprezzatura. Concepto complejo e incorrectamente traducido por "desdén" (más allá de este detalle, la traducción de Dobry es muy buena), que significa la simulación de la espontaneidad y de la naturalidad, que junto con la gracia, constituyen el modo ideal de pensar, de aparecer y de ser del hombre del Renacimiento. En otras palabras, nadie como Tiepolo fue capaz de hacer un arte que no pareciese arte. De este modo, Calasso invierte la hipótesis del mayor historiador del arte italiano del siglo XX, Roberto Longhi, quien, para exaltar la figura y la obra de Caravaggio, había condenado a Tiepolo sin apelación posible por su presunto alegorismo abstruso. Calasso desaprueba la premisa argumentativa de Longhi, según la cual el pintor entendió el mundo como un teatro y por ello sacrificó la representación de la realidad.

Afianzada esta posición polémica y a partir de la lectura de los mayores teóricos y críticos del artista (Zanetti, Aspers, Baxandall), el escritor italiano inicia un viaje deslumbrante a través de los dibujos, la pintura y los grabados del gran creador veneciano. Son al menos tres las cuestiones que estudia con ojo penetrante: la relación entre dioses y hombres en Tiepolo, el sentido de algunos símbolos complejos de su pintura y, por último, la voluntad de dejar un testamento personal e íntimo con sus últimos trabajos, completamente desatendidos por la crítica.

La obra de Tiepolo no explicita jamás el drama o la tragedia. Concebidas como producción por encargo -para capillas, moradas privadas y palacios, entre los que se destacan el Palacio de Würzburg y el Palacio Real de Madrid-, estas pinturas celebran a reyes, príncipes, nobles y aristócratas dispuestos a pagar al artista. La escena es casi siempre la misma: el poder de sus comitentes entre cielos y nubes que enceguecen con su luz y con su perspectiva infinita. Calasso soslaya el desfile banal de personalidades potentes (repetidas incluso en la caracterización fisonómica) y analiza la presencia de sátiros, ninfas, ángeles y cupidos que con su bellezza desbordante hacen desplazar hacia ellos la mirada de los poderosos. La fuerza transitoria de lo real es reemplazada por la sugestión inmortal de los mitos. Calasso lanza entonces su segunda gran hipótesis. Nadie después de Tiepolo ha sido capaz de captar tan auténticamente "la circulación psíquica" que subsiste entre cielo y tierra.

La segunda parte del libro analiza los Caprichos y los Scherzi, un total de cincuenta y seis grabados que fueron concluidos hacia 1743. La tradición ha entendido dichas obras como un juego, diversión o evasión respecto de la obra mayor. Todo el conjunto, compuesto en un período "enemigo del secreto", sería la mayor obra esotérica del arte occidental del siglo XVIII. Aquello que en la pintura celebratoria de Tiepolo era alusión y variación marginal, se vuelve aquí centro irradiador de sentidos. Los ojos que observan los trabajos se dirigen ahora hacia aquellos personajes y objetos que ya estaban antes, de modo periférico, en su pintura, pero que ahora ocupan el centro de la escena: los orientales, las serpientes, los efebos, las sátiras y los búhos. A tal punto que Calasso se anima a considerar esta serie de obras una "verdadera novela demoníaca del siglo XVIII" y a Tiepolo, "el pintor saturnino de luz radiante", "el lado oculto de las Luces".

Tiepolo fue, según Calasso, el último pintor teúrgico de la historia (esto es, conocedor de la esencia de los dioses), aquel que en escenas de conmovedora detención del tiempo "prefirió representar el momento en que lo invisible está por aparecer". Así, los orientales, las serpientes, los bellísimos efebos -elementos todos que la crítica pasó por alto o en los que se detuvo de modo expeditivo- son interpretados por Calasso a la luz de una refinada cultura clásica, de una imponente lectura de los textos de la época, pero sobre todo a la luz de la Biblia.

La tercera parte es un análisis de las obras realizadas en Würzburg y en Madrid y, al final del libro, de las últimas pequeñas telas que Tiepolo compuso para sí, sin encargos ni dinero de por medio. Estas pequeñas obras maestras no son melancólicas por la edad en que las compuso -tenía ya setenta años- ni tampoco porque Raphael Mengs y Joaquín de Eleta, el confesor de la corte, hicieran de todo para que Tiepolo perdiera la estima del rey de España. La melancolía que traducen sus obras está en el sentido religioso que nace de la "mudez maravillosa del mundo".

El rosa Tiepolo de Calasso constituye el quinto capítulo (los primeros cuatro son Las ruinas de Kasch, Las bodas de Cadmo y Harmonía, Ka y K.) de esa obra monumental que el ensayista italiano viene componiendo desde hace ya treinta años acerca de las relaciones entre lo humano y lo divino. Es probable que la pintura que deslumbra al crítico le resulte menos fascinante al lector. Sin embargo, el libro -por su inteligencia impetuosa, por su osadía y coherencia conceptual, por su erudición- constituye una bellísima experiencia de lectura.

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