Arte: Anselm Kiefer «Apuesto por el sentido. Soy un ilusionista»
Desde el aeropuerto Charles de Gaulle de París se puede acceder a la ciudad en tren, el urbano RER. En el andén cuelga un cartel que explica al viajero que puede subirse a cualquiera que se detenga allí porque «todos los trenes van a París». Ya escribió Vila-Matas que París no se acaba nunca. Altivo, consciente de su inmortalidad, indiferente a las modas, París siempre es un buen sitio para una iniciativa artística. Ahora la Ópera de la Bastilla cumple 20 años, y Gérard Mortier, a quien ya le queda poco para hacer las maletas y venir al Teatro Real de Madrid, le ha dado a Anselm Kiefer carta blanca. Y éste se lo ha tomado al pie de la letra, creando un espectáculo solo fiel a sí mismo: «No tengo miedo al público, y tampoco a las críticas».
Todos los trenes van a París, y todos los hombres mueren. Martin Heidegger (a quien Kiefer ha estudiado mucho) mostró al hombre en Sein und Zeit (1901) como un ser para la muerte. El recién nacido ya ha comenzado a morir. Desde el principio llevamos el pasado a cuestas, y, paradójicamente, también llevamos nuestro futuro (la muerte). Por eso Kiefer ha llamado a su espectáculo Am anfang (Un comienzo). «Creo que cuando lo vea, todo el mundo va a pensar que es el final, por eso lo llamo el principio. Porque el comienzo es el final».
Desde luego, ante su magnífica escenografía de un mundo desesperado, el espectador cree encontrarse en el Apocalipsis. Le recibe un mapa que representa la región histórica del Creciente Fértil, que se corresponde con parte de los territorios del Antiguo Egipto, el Levante Mediterráneo y Mesopotamia. Es una tierra de ruinas, ligada al origen de Occidente y a las grandes religiones. Cuando se eleva el telón, aparecen impresionantes doce torres temblorosas como las doce tribus de Israel. El personaje principal es La Chekhina, que encarna al pueblo judío, y que camina errando entre las ruinas esperando en vano la venida del Mesías, recitando salmos de Isaías y Jeremías. «Son palabras que he tenido durante mucho tiempo en mi cabeza -dice Kiefer- es un lenguaje que tiene muchísima fuerza». Todo está recubierto de polvo, y surge Lilith, la heroína maléfica, pelirroja, demonio de los infiernos que aparece y desaparece.
Escombros de historia. Ajeno a toda trascendencia, en los dos laterales del escenario, el pueblo amontona ladrillos. Todo son mujeres, y «son las mujeres las que se encuentran en lo alto de los escombros de la Historia», retumba la voz. Kiefer recuerda a las Trümmerfrauen, alemanas de la posguerra que recogían los escombros y los limpiaban escrupulosamente, y vienen también a la cabeza las camas vacías de mujeres revolucionarias que expuso en el Guggenheim de Bilbao en 2007.
Las mujeres homogéneas, parte indiferente del paisaje, pican la piedra y van levantando un muro. Lentamente y en silencio. Éste se va construyendo a partir de restos; la obra entera, sobre la carencia de sentido, sobre la ausencia de consuelo. «Mi mundo es desesperado -repite Kiefer-. No podemos ver ningún sentido en el mundo, no sabemos dónde va. En mi arte yo sí creo un sentido, y, por ello, soy un ilusionista».
Hay dos cosas por las que esta pieza de Kiefer (porque no es una ópera, ni un teatro, sino un fragmento, un Stück) va a tenerlo difícil para conectar con el público actual («Yo toco inevitablemente la actualidad, pero condeno al ser actual. Cuanto más atrás voy en el pasado, más profeta soy»). La primera es la extrema lentitud. El tiempo detenido que languidece. «¡Hoy en día todo va tan rápido! Sólo se tienen unos minutos para todo. A mí me gusta parar», sonríe el artista. Am anfang no presenta un tiempo lineal -en el que Kiefer no cree-, sino el eterno retorno de Nietzsche. Por eso el espectador debe dormir bien el día anterior, si no quiere que se le cierren los ojos con la voz potente pero monótona de Geneviève Boivin de fondo. «He creado mi propio tiempo». No hay trama, nada avanza, los cambios son mínimos y lentos.
Mediante la razón. La segunda causa por la que esta obra se distancia de la sensibilidad actual es porque comunica mediante la razón. A un público que pide emociones rápidas y fuertes, que quiere sentir porque no está acostumbrado a pensar, Kiefer le propone una obra metafísica. La poética de Kiefer es simbólica, conceptual y narrativa. «Yo soy pintor -afirma el artista-. Lo primero que tuve en la cabeza fue el cuadro. Después descubrí a mi yo compositor. El cuadro tiene un impacto inmediato. Sin embargo, esta obra es como un libro».
Un día antes del gran estreno, en la penumbra de la Ópera de la Bastilla, Jörg Widmann dirige a la orquesta de la Opera Nacional de París, asentada en la fosa. Quiere más fuerza en ese crescendo. El hombre está enfadado con Dios y sigue construyendo el muro ajeno a sus palabras. «En las palabras contra Dios que yo he descubierto en la antigüedad, Dios finge que es bueno, pero es rencoroso, vengativo, envidioso, todo cualidades malas», dice Kiefer. Es una imagen siempre potente y fascinante, pero conocida. Ya ha escuchado muchas veces nuestra sociedad esa frase que grita la voz en escena: «¡Desgracia nuestra! Estamos perdidos». A nadie le sorprende: es de nuevo el existencialismo, el hombre arrojado al abismo.
Quien sí sorprende es Kiefer cuando salta a escena durante el ensayo. Un hombre menudo caminando entre las inmensas ruinas que ha creado él mismo. Hay mucha gente que desdeña la sutilidad extrema que refleja, que encuentra ridículo el esfuerzo por cuestiones que no sirven para nada. Pero lo cierto es que esa finura del intelectual representa el supremo desarrollo de la sensibilidad del alma humana y preserva a la sociedad de la incivilización y la barbarie. Un hombre como Kiefer ilumina la angustiosa oscuridad que retrata en este asalto a La Bastilla.
En la escena final, todas las mujeres se alejan barriendo el polvo con unas ramas, y Lilith revuelca en ese polvo sus cabellos rojos para después morir. Polvo sobre polvo, esfuerzo inútil, eterno retorno. Fin. O principio, que es lo mismo.

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