Arte: Darwin al museo
MAX ERNST. La paleta de César, de la serie Historia natural. Frottage, lápiz sobre papel, 1926
A doscientos años del nacimiento del célebre científico, el Schirn de Frankfut le dedica una muestra sorprendente
Por Sergio Baur
Para LA NACION - Buenos Aires, 2009
La antropología cultural contemporánea ha establecido en las efemérides un hilo conductor de desarrollos temáticos que, con el pretexto de rendir homenaje a los grandes personajes de la historia, le aseguran al consumidor de cultura una agenda rica en complejas programaciones que recorren con ingenio el universo creativo.
Esto sucede con la celebración del bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, autor de uno de los capítulos más significativos del desarrollo científico de la modernidad. Sólo en soporte electrónico, su nombre convoca siete millones de documentos para deleite de seguidores y curiosos.
Darwin no sólo fue un disparador de cambios en la interpretación científica, sino que su obra y descubrimientos abrieron también una nueva posibilidad en la iconografía de las artes visuales, que incorporaron desde la publicación de El origen de las especies , en 1859, un fascinante universo vinculado con la antropología y las ciencias naturales, así como con la exploración ficcional de las entrañas de la Tierra.
Darwin: el arte y la búsqueda de los orígenes es una curiosa exposición que se realizó en el Museo de Arte Schirn de la ciudad de Fráncfort. Reunió ciento cincuenta obras de artistas, entre ellos Arnold Böcklin, Max Ernst, Odilon Redon, Franti?ek Kupka, Alfred Kubin y Gabriel von Max, que además de pintor fue un apasionado coleccionista de vestigios naturales y antropológicos y cuyo gabinete -a la manera de una cámara de las maravillas- fue exhibido en las salas del museo.
La presencia de litografías, libros científicos ilustrados, enciclopedias y libros de viajeros de mediados del siglo XIX da testimonio de la fascinación que Charles Darwin despertó en el público especializado y la rápida popularización de su pensamiento en distintos ámbitos de la cultura.
Desde la sátira aplicada a sus teorías en la prensa humorística de la época hasta las obras de los grandes maestros a partir de la segunda mitad del siglo XIX muestran la relación de Darwin con el mundo del arte. Max Hollein, actual director del Museo Schirn y ex director de proyectos expositivos del Museo Guggenheim de Nueva York, se propuso describir cómo el darwinismo, desde la publicación de El origen de las especies hace 150 años, se convirtió en una filosofía popular que influyó sobre las artes plásticas a lo largo de más de un siglo.
Así, aparece como uno de los primeros testimonios de la época una ilustración del periódico satírico La Petite Lune , que presenta a Darwin colgado de un árbol de la ciencia a medio camino entre el mono y el hombre. La exposición también ofrece obras de dos artistas estadounidenses que exploraron la profundización del paisaje romántico: Frederic Edwin Church y Martin Johnson Heade, cuyos viajes por los trópicos produjeron un relevamiento del panorama y de la naturaleza exuberante de las selvas caribeñas, motivados por la necesidad científica de clasificar las especies en forma minuciosa y jerarquizarlas estéticamente.
La elección de las obras de Böcklin, Odilon Redon y Max Ernst nos permite analizar la influencia del científico en el movimiento simbolista y surrealista. De esta manera, las principales salas del Schirn se poblaron con distintas series de obras, como Los Orígenes , de Odilon Redon, de 1885.
Del artista suizo Arnold Böcklin, la muestra ofrece una visión mitológica de los inicios de la vida, con paisajes arcaicos poblados de seres fantásticos, ninfas y sátiros. Es un capítulo ineludible dedicado a quien sería uno de los grandes inspiradores del surrealismo.
Con otras motivaciones, el coleccionista, científico y pintor Gabriel Von Max se acercó al darwinismo como el creador de un grupo de cuadros donde los simios adquieren actitudes humanas: la lectura, la contemplación del arte, la natural convivencia urbana con el hombre y la exhibición de su puntilloso gabinete.
La serie Historia Natural de Max Ernst, de 1926, en la que el artista utilizó la técnica del frottage , que consiste en friccionar en el papel, trozos de plumas, de maderas y de piedras, materiales coincidentes con aquellos que Darwin recolectó en sus viajes y que le servirían de documentos y evidencias para sus estudios y teorías.
El maestro del surrealismo recreó a través de su serie toda la complejidad del mundo natural, prescindiendo de la teoría científica evolutiva y profundizando en el inconsciente. Así, se suceden en su trabajo la representación de seres remotos de alas transparentes, microscópicos organismos, detalles exquisitos de valvas y moluscos que simulan habitar los manglares jurásicos, hasta aves y mamíferos que parecen surgidos de un catálogo borgeano de zoología fantástica, y también una visión de la Tierra plana, con un ecléctico ombú de copa estrellada bajo el sugerente título Les pampas .
La fascinación por las ciencias naturales a partir de la publicación de la obra de Darwin tuvo un largo recorrido no sólo en las artes visuales sino también en la literatura y, más tarde, en el cine. Obras como La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells, o el King Kong de la pantalla, han actuado como parábolas de las grandes preguntas que surgieron de la teoría de Charles Darwin.
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