Fotografía: La dignidad del reportaje
Robert Capa, Agustí Centelles, Ramón Masats, los tres de actualidad: grandes fotógrafos -sólo el tercero vive-, unidos por su común capacidad para ejercer con extrema dignidad el arte del reportaje.
Fotoreportero: el término para algunos tal vez tenga una connotación peyorativa. Para uno, desde luego, no es así. Fotoreporteros han sido Henri Cartier-Bresson y sus compañeros de la Magnum, entre ellos, el propio Capa. Fotoreporteros han sido tantos y tantos de los nombres que convirtieron en plataforma visual de primer orden el semanario neoyorquino Life, cuya web contiene tantísimos tesoros, hoy universalmente asequibles. Fotoreporteros han sido los grandes del realismo humanista francés, como René-Jacques, Pierre Jahan, Robert Doisneau o Willy Ronis, único superviviente de aquella brillante generación. Fotoreporteros han sido, entre nosotros, Francesc Català Roca, o los propios Centelles y Masats.
Capa, el guerrero. El húngaro y judío Robert Capa (1913-1954), tuvo una existencia azaroza, entre otras cosas, debido a su «especialización» en los conflictos armados. De entrada, no se llamaba Robert Capa, sino Endre Friedmann. Su paso por nuestra Guerra Civil, además de valerle un lugar único en la Historia de su Arte -una obra maestra absoluta, aunque rodeada de controversia: el miliciano muriendo en Cerro Muriano-, tuvo trágicas consecuencias personales para él, ya que en ella falleció, en un accidente ocurido en Brunete en 1937, su compañera, la alemana y también fotógrafa Gerda Taro. Más allá de la foto del miliciano, que corre el peligro de ocultar todo lo demás, ahí están otras muchas obras maestras, entre las que nos impresionan aquéllas que se refieren a alarmas aéreas debido a bombardeos, o aquella de la niña en el Centro de Refugiados de Tránsito de Barcelona, imagen ésta tomada en fecha tardía dentro de la historia de la contienda: el 15 de enero de 1939. Capa estuvo luego en China, cuando la invadió Japón. De sus visiones de la II Guerra Mundial, ocupan asimismo un lugar mayúsculo en la Historia de su disciplina -y en la Historia a secas-, sus instantáneas del desembarco de Normandía. Pero Capa también fue autor de algunas de las mejores fotos de esos días nimbados de una luz tan especial que fueron los de la liberación de París. Y de algunas magníficas imágenes del nacimiento de Israel, entre ellas, las de la llegada de algún barco procedente de la Europa del Este, la región del mundo donde había nacido, y por ese lado, me acuerdo de la estampa del hombre que, llegado de esas tierras centrales, está sentado en el suelo de Tel Aviv junto a algunas pertenencias que ha traído consigo y que intenta vender para sacarse unas monedas con las que sobrevivir en su nueva patria. Como es bien sabido, Capa falleció en 1954, en Vietnam -a donde había ido por encargo de Life- al pisar una mina. La extraordinaria calidad de sus imágenes bélicas, y especialmente de su crónica en imágenes de nuestra Guerra Civil, no debe impedirnos contemplar otras facetas de su obra, en la cual hay no pocos remansos de paz, así alguna visión del París de los cafés o de la moda (del lado de la Place Vendôme), o algún retrato de Picasso, como aquél, inolvidable, en una playa de la Costa Azul, en el que el malagueño lleva «bajo palio» a Françoise Gilot.
Capa está hoy de actualidad en España debido a una gran muestra en el MNAC barcelonés, conjunta con Gerda Taro; a la traducción -por La Fábrica- de sus memorias; y a la aparición, en Planeta, de Esperando a Robert Capa, una vida novelada de la pareja, escrita por Susana Fortes. Internacionalmente, existe expectación por las muestras que presentarán el contenido de la llamada «maleta mexicana» de Capa, confiada por éste al general mexicano Francisco Aguilar González; maleta que contiene además fotografías de Gerda Taro y de otro grande de Magnum, el polaco David Seymour, que en realidad se llamaba Dawid Szymin, y que fallecería en Suez, en 1956, a consecuencia también de un conflicto bélico.
Centelles, el cronista. Agustí Centelles (1909-1985), hoy celebrado por todo lo alto en el Hôtel de Sully de París por iniciativa de Marta Gili -la directora del Jeu de Paume-, y con motivo de su centenario, comparte con Capa su condición de cronista -él también extraordinario- de la Guerra Civil. Hombre que alcanzó a conocer al menos el momento inicial de su reconocimiento, uno lo recuerda pulcro y sorprendido por el interés que despertaban sus cosas en el Madrid de la Transición, más exactamente en 1979, fecha de su primera individual madrileña, celebrada en la desaparecida y pionera sala Redor, donde Tino Calabuig y Rosalyn Williams mostraron tantas primicias. Centelles dice las milicias populares, los combates callejeros, la militarización de la vida cotidiana, y -en esto coincide con Capa- los bombardeos. Retrata a Andreu Nin, a Wilebaldo Solano, a Margarita Nelken pistola al cinto, a Lluís Companys y a Vladimir Antonov-Ovseenko, que tras haber sido uno de los inductores del asesinato del primero -ex-amigo suyo para más «inri»- correría, tras su retorno a Moscú, idéntica suerte.
Testigos de la historia. El fotógrafo, una vez más, como testigo de la Historia, de sus tragedias, de sus miserias y de sus casualidades. Como no podía ser de otro modo, en la muestra de París se enfatiza el ciclo de los campos de refugiados del Sur de Francia, del que Centelles, que pasó por ellos -concretamente, por el de Bram, en el departamento del Aude-, dio un testimonio de primera mano, estremecedor. Sólo después de la muerte de Franco recuperó el fotógrafo la maleta -de nuevo, una maleta- que contenía sus negativos y que había ocultado en la ciudad francesa de Carcassonne. De ahí que fueran especialmente emocionantes aquella exposición de Redor, de 1979, y las que se sucedieron durante aquellos años, en los que Centelles recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas (1984). Recuperaba así protagonismo quien en la posguerra había debido trabajar oculto, en el ámbito de la industria y la publicidad.
Masats, el superviviente. Ramón Masats, catalán (de la localidad barcelonesa de Caldes de Montbui, 1931) instalado en el Madrid de aquella posguerra, realizó numerosos fotoreportajes para La Gaceta Ilustrada, Mundo Hispánico o el diario Arriba, y fue colaborador de Televisión Española. Suyas son dos de las instantáneas más justamente reproducidas de la Historia de nuestra fotografía, ambas curiosamente de 1960. Me refiero naturalmente a la del partido de fútbol de los seminaristas madrileños, y a la de la mujer encalando su casa, en una localidad cualquiera de la Mancha, que resultó ser Tomelloso. Instantáneas como estas, son las que conllevan el peligro de tornar invisible -de nuevo lo comentado a propósito de Capa-, el resto de la obra de un autor.
Felizmente no ha sido así, y esa obra, que contiene muchas otras maravillas -pienso, por ejemplo, en algunos retratos, entre ellos, el de Azorín, el de Ramón Menéndez Pidal, o los de los pintores de El Paso; o en libros como Neutral Corner (1962), con Ignacio Aldecoa, o Viejas historias de Castilla La Vieja (1964), con Miguel Delibes-, ha encontrado un reconocimiento cada vez más amplio, el mismo que se les ha venido prestando a otros compañeros suyos de generación catalana, como el citado Català Roca, Oriol Maspons, Xavier Miserachs o Ricard Terré. En Sanfermines, el libro que ahora le devuelve actualidad, una tanda de grandes imágenes resucita de la mano de La Fábrica. Me refiero a su serie de los años 1957-1960 en torno a las universalmente conocidas fiestas pamplonesas. Serie ahora corregida y aumentada, aunque curiosamente despojada del texto (del falangista Rafael García Serrano), al que ilustraba en la edición de 1963, que ha sido sustituido por otro de más relumbrón y más correcto de Ernest Hemingway, uno de los retratados por este maravilloso fotógrafo, tan bueno en las visiones de carreras como en los detalles exactos -y humanos-, por ejemplo, esa inmortal estampa del maletilla sobre fondo de lluvia y coches relucientes.

Comentarios