Música: Un trabajo detectivesco

Año 1956. Un músico húngaro escucha en la radio El canto de los adolescentes, de Karlheinz Stockhausen. Son los días de la entrada de los tanques soviéticos en Budapest. La radio está saturada de estática e interferencias. Pero aquel oyente cree, supone, que algunos de esos ruidos son partes de una obra que lo fascina (es la primera en trabajar electrónicamente la voz, que allí pierde su grano y se transforma en sonido puro). Ese músico que escucha la radio en Budapest huirá pronto de su país ocupado. Irá a Alemania y se convertirá en uno de los grandes nombres de la música del siglo XX. Ese músico se llamaba György Ligeti, y la anécdota de aquella recepción "intervenida", fuente de confusiones que contribuyen a confeccionar una estética, puede servir para hablar de Astor Piazzolla. Porque Piazzolla también "escucha mal". Adopta un sistema de referencias relativamente viejo en su tiempo creyendo que es la última novedad (el Stravinski de la "escuela rusa", las enseñanzas del primer Ginastera, el cool jazz, las bandas sonoras de Hollywood) y cambia completamente las reglas del tango. Y Piazzolla es, a su vez, mal entendido por algunos. Lo convierten en el eje del mal. Él sabrá sacar provecho de la controversia y construir una carrera única (como nadie, explotó esas contradicciones en los medios, utilizando incluso el escándalo). En su rescate póstumo, como fetiche turístico, será objeto de otras curiosas interpretaciones.

Escribir sobre Astor Piazzolla es pensar la Argentina. El intento de reflexionar sobre las lógicas culturales del país, sus tentativas de modernización, las relaciones de los intelectuales con la esfera pública nos lleva, en este doble recorrido, a Piazzolla. Este libro es el resultado de ese ir y venir. Fueron cinco años de trabajo: tiempo de estudio, recopilación, entrevistas, lecturas y, fundamentalmente, de escucha. De escuchar la música de Piazzolla en sintonía (o desfase) con los paradigmas compositivos y las formas de recepción de cada momento de su carrera (no está de más recordar que la carrera de Astor comienza con los discos de pasta y concluye con la grabación digital, todo un recorrido de la tecnología que tiene su impacto en la escritura). No ha sido sencillo.

El nombre de Piazzolla está impreso en los grandes acontecimientos de la Argentina. Atraviesa el peronismo (como adulador avergonzado y, más tarde, personalidad crítica), los años sesenta, las discusiones sobre lo "nacional" y lo "extranjero", el surgimiento del pop, las dictaduras militares, el lugar del músico profesional y, naturalmente, las polémicas, algunas de ellas desopilantes, sobre la naturaleza del tango en su momento de mayor crisis de identidad.

Pero semejante tránsito carecía de una correspondencia documentada. Estaba saturado de omisiones y falsos subrayados. Piazzolla, que no era ni un músico de jazz ni un músico clásico, tuvo, como pocos, clara conciencia de su lugar en la cultura popular de este país desde muy temprano. A caballo de esa intuición, edificó, casi desde los inicios, una suerte de autobiografía canónica, muy pocas veces desautorizada, casi nunca refutada, por lo general distorsionada con el paso de los años. Eso obligó a redoblar los esfuerzos e ir en busca de otras fuentes de información, descartando el discurso consagratorio o elegíaco. Allí donde la historia oficial repite siempre lo mismo, basada poco más que en algún relato de primera mano no siempre fiable, la verdad debe buscarse, como si se tratara de un trabajo detectivesco, en lo no dicho. En los retazos y en los márgenes.

D. F. y A. G.
© LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1146226

Comentarios

Entradas populares