Arte: Una carrera breve, pero dulce, en el siglo XVII

AUTORRETRATO de la artista holandesa Judith Leyster (1632-1633).

Hay que pensar en la presencia de Judith Leyster (1609-1660) en la National Gallery of Art, en Washington; en términos de respuesta de 400 años de antigüedad a la famosa pregunta de la historiadora del arte Linda Nochlin acerca de por qué no hay grandes artistas mujeres.

Leyster no fue una "gran artista", no si se la compara con Rembrandt, Vermeer y otros contemporáneos, pero sin duda era muy buena. Antes de casarse con el pintor Jan Miense Molenaer logró tener una carrera independiente, lo cual no era poca cosa para una mujer del siglo XVII.

Luego de formarse con excelentes pintores, entre ellos Frans Hals, Leyster se ganó un lugar en el prestigioso Gremio de San Lucas en Haarlem. La artista holandesa tenía su propio taller, sus propios alumnos y su propio estilo, que combinaba la espontaneidad de la pincelada de Hals con un claroscuro caravaggista. Lo que sucedió luego ya es historia conocida: se casó, tuvo hijos y pintó cadavez menos. Su arte,a diferencia del de su esposo, cayó en el olvido. Muchas de sus pinturas se atribuyeron a otros artistas y no se las identificó adecuadamente hasta 1890. La muestra de la National Gallery, al igual que la breve carrera de Leyster, es algo desconcertante.

Comprende sólo diez de sus pinturas, dispuestas en torno de un espléndido autorretrato de la colección permanente. El resto es contexto: trabajos de contemporáneos de la artista, así como instrumentos musicales del siglo XVII relacionados con algunas de las imágenes.

La pieza central de la exposición, un autorretrato de 1632-1633, es una verdadera delicia, enérgica y atractiva.
Leyster se aparta de una tela a medio terminar para saludar al espectador con el brazo apoyado en el respaldo de su silla y una amplia sonrisa en el rostro.

La calidez del gesto parece en contradicción con la rigidez y la falta de practicidad de su atuendo, que comprende largos puños y un cuello de encaje más grande que su paleta. Se estima que la pintura es la pieza con la que Leyster se presentó al Gremio de San Lucas, y su aparente informalidad oculta una buena cuota de cálculo. El violinista procede de otro de sus trabajos, "Alegre compañía".

Los rayos X demostraron que Leyster lo pintó sobre una figura femenina, posiblemente ella misma. "Alegre compañía" era una de las imágenes más populares de Leyster, una figura que sus alumnos copiaban con frecuencia y que la artista parece haber usado aquí como una suerte de tarjeta de visita.

Las demás pinturas de Leyster entran en dos categorías: telas de dimensiones medianas como "Alegre compañía", que representan músicos y juerguistas; y viñetas nocturnas más precisas sobre paneles. Los dos tipos de trabajo apuntan al mercado holandés del siglo XVII de escenas de género, si bien distan de ser genéricas.

"La serenata" (1629) es una pintura de un músico solista. El hombre luce un atuendo elaborado y está iluminado por luz de velas. Los óleos más pequeños, que presentan hombres y mujeres en situaciones de tensión y ambigüedad moral, se encuentran entre sus trabajos más fascinantes. En "La Proposición" (1631), un hombre que ofrece una bolsa de monedas interrumpe a una mujer que cose a la luz de una lámpara de aceite. (En el habla cotidiana holandesa, el verbo "coser" también hace referencia al acto sexual.) "Un juego de Tric-Trac", pintada el mismo año, alude a una transacción sexual a través de un juego de backgammon.

El resto de la muestra es una decepción: instrumentos musicales, pinturas pequeñas de Molenaer y de algunos de sus contemporáneos igualmente poco inspirados, así como una naturaleza muerta convencional de Lyester. Todo eso sugiere, como lo hace "El dúo", que la música continuó pero que la producción de arte se detuvo.

No sabemos si Leyster fundió su carrera con la de su esposo o si no tuvo tiempo de seguir trabajando porque tuvo que criar tres hijos y ocuparse de la economía familiar. Las naturalezas muertas son los únicos trabajos que se sabe produjo durante su vida de casada, lo que indica que cuando pintaba trataba de no competir con su esposo en el mercado de retratos y escenas de género.

La muestra, que marca el cuarto centenario del nacimiento de Leyster, es una celebración agridulce. Implica que en el siglo XVIII, como suele destacarse en el siglo XXI, las artistas mujeres podían tenerlo todo, pero no todo al mismo tiempo.

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