Cultura: Lévi-Strauss y la bulimia cultural

Por Héctor M. Guyot
De la Redacción de LA NACION

Prendí la televisión para matar el rato. Caía el domingo y no esperaba mucho más que tardíos programas bailanteros y gente alrededor de una mesa, trenzada en la discusión de siempre. Cuando su cara angulosa ocupó la pantalla, reprimí el acto reflejo de empezar el zapping. No porque se tratara de Claude Lévi-Strauss -en ese momento, yo estaba para cualquier cosa menos para un intelectual francés- sino porque concedidos unos segundos de gracia me resultó imposible abstraerme del hilo de su pensamiento. Hablaba al aire libre, sentado en medio de un jardín, y sus ojos inteligentes y pequeños, algo mezquinos, destellaban detrás de las grandes gafas.

Le habían hecho la pregunta imposible sobre el futuro de la humanidad, y el viejo antropólogo desplegó su diagnóstico sombrío con indulgente paciencia y sin énfasis. Dijo que el hombre era el principal depredador del planeta, y que le debíamos el privilegio al humanismo clásico surgido en el Renacimiento, que lo concibe como ser pensante antes que como ser vivo. Eso lo coloca en posición de amo y señor, señaló, pero lo deja fuera de la Creación. "Somos consumidores bulímicos de la riqueza que acumulamos, tanto material como intelectual. No podemos absorber toda la producción intelectual que el ser humano ha producido desde sus orígenes", afirmó, palabras más, palabras menos, y con esto último el control remoto se me cayó de las manos: según un letrero que aparecía en pantalla, la entrevista había sido hecha en 1972. Se ha dicho: Lévi-Strauss bien puede ser tenido como uno de los precursores de la ecología. Y en el más amplio de los sentidos. En uno de sus libros más celebrados, Tristes trópicos, de 1955, escribió: "La humanidad se instala en la monocultura; se dispone a producir civilización en masa, como cultiva la remolacha".

En la respuesta que me tenía en vilo, aquella que cerraba el documental que el canal Encuentro emitió el domingo, el creador de la antropología estructural deslizó una última observación: el problema era que se había roto el equilibrio entre comunicación y no comunicación que ha caracterizado a todas las épocas creativas. ¿Qué diría hoy el venerable maestro, que ya superó los 100 años de vida y le fue dado asistir a la revolución de Internet y a la globalización que galopa fuera de control?

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