Nick Cave, un crooner sin domesticar
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El
cantante australiano Nick Cave sentado en un taburete durante su
primera visita a la Ciudad de México, el 18 de febrero de 2013.Rodrigo Jardon/Demotix /dpa
A 25 años de la salida de Murder Ballads, el músico australiano con dotes de gurú sigue sorprendiendo a sus fieles seguidores
PARA LA NACION
"Es un fantasma/ es un dios/ es un
hombre/ es un gurú" (He’s a god he’s a man he’s a ghost he’s a guru).
Así, de corrido, lo canta Nick Cave. Sin pausas ni comas. La canción es
"Red Right Hand’’, uno de los grandes temas de Cave, y no solo está
asociada a lo sombrío porque abre la serie Peaky Blinders y es parte de la saga de films de terror Scream, sino porque cita el poema épico de John Milton El paraíso perdido, sobre el ángel caído y carmesí que osó disputarle el poder al creador. La canción, del álbum Let Love In, es la introducción perfecta para la colección de canciones macabras, poéticas y extáticas que lanzaría dos años después en Murder Ballads,
un disco de canciones de amor de locura y de muerte (sin comas, tal
como Horacio Quiroga tituló el libro de cuentos que lleva ese nombre)
que ayer cumplió un cuarto de siglo.
Nick
Cave es un fantasma. Fue desde la crudeza de la banda de sus inicios,
Birthday Party, en su Australia natal, pasando por el punk (un punk
americano, ese que va del grupo Television y el decadentismo glam de New
York Dolls al Tom Waits que cita a Bukowski o el cine blanquinegro de
Jim Jarmusch) hasta otros espectros. En Las alas del deseo, la
película de Wim Wenders que contaba que algo se desmoronaba y nacía en
Berlín, Cave aparecía en la pantalla como una sombra gigante, pero a
todo color, cantando diabólico, sensual y noir, junto a los
ángeles urbanos en blanco y negro que citaban a Rilke. Y luego de la
caída (del Muro y de este ángel de la canción en la Tierra), los años 90
significaron el ascenso de Cave: discos como The Good Son,
durante su extraña estadía brasileña (donde nacería su primer hijo) con
los hoy ya clásicos "The Ship Song’’ y ‘’The Weeping Song’’, con su
toque flamenco y su mensaje llameante (‘’esta es la canción del llanto…
pero no estaré llorando demasiado’’). Si en los años 80 Nick Cave se
estableció junto a los Bad Seeds como como un Elvis posmoderno, un
Prometeo que volvía a traer el fuego del rock and roll (y no solo el
rock a secas) con referencias al rey del rock y al cine clásico, los 90
es su década del melodrama, con portadas de discos que lo reflejan como
un crooner sin domesticar, salido de una cueva, escoltado por su tribu,
miniorquesta de músicos feroces.
Y entonces, con Murder Ballads, Nick Cave se convirtió en dios. Recopiló canciones folklóricas británicas y norteamericanas, murder ballads
originales, baladas macabras pero también irónicas sobre asesinatos de
hasta cuatro siglos atrás que habían encontrado arqueólogos de la
canción como Harry Smith y los hermanos Lomax. Pero que también son un
antecedente de canciones modernas en las que cabrían "Riders on the
Storm", de The Doors; "Mack the Knife’’, de Brecht y Weill, y "Pedro
Navaja", de Rubén Blades. El resultado es un disco de concepto sensual y
violento, brillante, melodramático en su espesor lírico. Desde el
comienzo, con "Song of Joy", Cave es un Keyser Söze, es el hombre de la
esquina rosada ("Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y
filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco … y no quedaba ni un
rastrito de sangre’’). ¿Es verdad lo que cuenta? ¿Quién lo cuenta?
¿Somos testigos de lo que está por suceder?
Cave
cambia el punto de vista en todas las canciones, de primera persona a
tercera, en un álbum que no es sobre chico-conoce-chica, sino sobre
chico-asesina-chica (y chica-asesina-chico). Para ejemplo de la primera,
la imponente "Where the Wild Roses Grow", junto a la mega-estrella pop,
también australiana, Kylie Minogue. La dupla fue un experimento total,
ya que la cantante venía de un universo FM y comercial y la canción
terminó siendo uno de los más grandes éxitos radiales de Cave. En el
segundo caso (chica-asesina-chico), el ejemplo es "Henry Lee’’, en dueto
con PJ Harvey (la artista inglesa un año antes lanzaba su disco To Bring You My Love, un disco cetáceo, como si hubiera sido grabado en una cueva subacuática, feminista y muscular).
Murder Ballads,
junto a sus ilustraciones naífs y satíricas, es un cruce perfecto entre
el horror europeo y el gótico norteamericano: el lirismo de Poe, el
teatro sangriento de Grand Guignol francés, el victorianismo inglés y
sus leyendas descuartizadoras y el Struwwelpeter alemán aleccionador de
niños. Un disco cuya frase de Baudelaire (de El spleen de Paris),
le sienta perfecto: "Queridos hermanos, no olvidéis nunca, cuando
oigáis elogiar el progreso de las luces, que la más bonita astucia del
diablo está en persuadiros de que no existe". Más que un álbum, es una
ciudad, a la que no hay que volver tan seguido, porque alumbra pero
intimida. Como ocurre en los cuentos de Misteriosa Buenos Aires
de Manuel Mujica Lainez, lo maravilloso, lo fantástico y lo real asumen
límites difusos. Que el disco finalice con toda la banda cantando como
coro de arcángeles (caídos) "Death is not the End", de Bob Dylan, es la
prueba de la astucia de Cave para darnos, no un epitafio, sino un gótico
happy ending.
Con los discos posteriores, los asombrosos The Boatman’s Call y No More Shall Ee Part,
Cave pasó de dios a humano: un Robert Graves de la canción que narra y
canta el viaje hacia la muerte de la mitología griega, en la que
Aqueronte, más que un río, es un delta de infinitas canciones. Los
títulos de estos discos son más que sugestivos: "La llamada del
barquero’’ (Caronte) y "No más despedidas’’ (hacia las dolorosas aguas);
y parecen responderse entre sí.
En su exquisito Fragmentos,
el pensador George Steiner sostiene en el capítulo "¿Por qué lloro
cuando canta Arión?" que la música, desde su concepción en la mitología
griega, nace ‘’bañada en sangre’’ por las historias homicidas que
circundan a Orfeo, Arión y Apolo. El autor las encuentra "desde
Monteverdi y Stravinski hasta el carnaval de Río".
El
punto más alto de Cave como moderno Prometeo (no el que les robó el
fuego a los dioses, pero el que le robó el relato del infierno a Dante y
a Milton) sería su disco doble, irrepetible e insuperable, Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus, donde "el blues del matadero" se encontraba con "la lira de Orfeo’’ de su título.
Hoy,
y varios discos después que no mermaron en calidad, sabemos que Cave
siempre miraba allí donde no veían sus coetáneos. Mientras que Green Day
se peinaba frente al espejo o el varonil cantante de Pearl Jam
ensanchaba sus hombros para treparse al escenario (y a la tapa de la Rolling Stone),
el australiano había nacido parado, con su cabello, ala de cuervo
negro, coronando un rostro de carbunclo (en la poesía antigua, la voz
poética "carbunclo" llamaba así a lo que luce en la oscuridad, como
carbón encendido), una estatura de estatua que, aunque se caiga a
pedazos, no se extingue jamás.
Para
muchos Nick Cave, más que un artista, es una obsesión. ¿Cuántos Nick
Cave hay? El berlinés, el guionista (con su extraordinario western The Proposition), el Cave noir y hard-boiled
de historias truculentas, el que se inspira en las mitologías más
diversas (desde el Nuevo Testamento hasta el pacto del bluesman Robert
Johnson con el diablo), el Cave objeto de estudio: tanto en la
descomunal película One More Time With Feeling, donde habla de
la muerte de su hijo en 2015 como en la reciente muestra que le dedicó
The Royal Danish Library de Dinamarca. Recientemente se editó Idiot Prayer: Nick Cave Alone at Alexandra Palace, una película y un álbum en vivo donde Cave repasa sobre todo sus tres últimos discos.
En
su concierto en la Argentina en 2018 sucedió algo extraordinario:
durante su interpretación sanguinaria (casi once minutos) de ‘’Stagger
Lee" (de Murder Ballads), invitó al público a subir al escenario.
Mientras exhortaba a la gente aullando un ‘’Are you ready?’’, todos
coreaban, eufóricos, que sí, que estaban listos. Al fin Cave, en una
escena irrepetible, sin perder su sonrisa les espetó "Then put your F...
Cellphone down!!!". Fue una manera única de contar, en un evento
masivo, que el aura (eso que para el arte no es posible reproducir)
puede multiplicarse como los peces. Entonces lo supimos: Nick Cave era
también nuestro gurú.
https://www.lanacion.com.ar/opinion/nick-cave-un-crooner-sin-domesticar-nid2593537/

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