Bukowski bateándole a un blanco móvil Una antología de narraciones y ensayos de Charles Bukowski, ícono de la contracultura y autor de Cartero, Factótum y Pulp.

Bukowski bateándole a un blanco móvil 

 Por Juan Arabia

 

Los relatos de Charles Bukowski no difieren mucho uno del otro, como sus novelas. Sabemos que su empeño en el oficio es meramente experiencial: se trata sólo de sentarse, beber y dejar que las cosas fluyan por sí solas. Parecería, sin embargo, que en su crítica literaria hay –si se lee de verdad– una radicalidad que difícilmente pudiera digerirse en términos de “circulación” o “mercado”.

El libro, sea como fuere, está ahí, en casi todas las librerías de Buenos Aires. Relatos y ensayos. Desconocemos al lector modelo de Charles Bukowksi, pero conocemos y sabemos que en el propio campo literario no es un autor estrictamente tomado con seriedad (por lo demás, él mismo tampoco se tomaba seriamente).

La tesis principal de Bukowski (esto aparece de distintas formas en varios de sus ensayos) es que vivimos rodeados por los muertos que ocupan puestos de poder porque para obtener ese poder les resulta necesario morir. En este contexto, los autores de poesía, “como miembros que son de una sociedad viva, constituyen un engranaje de esa sociedad exactamente en la medida en que se han implicado en ella, dentro de la misma (…). No hay nada que odien más los muertos que ver algo vivo. Así que, de alguna manera, nos publicaron en algunos sitios que se atrevían a publicarnos”.

Extendiendo esta premisa a la mayor parte del aparato cultural, Bukowski ataca a las universidades, a las editoriales y a las revistas literarias de la época (Poetry, The Kenyon Review, The Atlantic, “o alguna muerte por el estilo”); propone y exige nuevos dioses y críticos, y por eso (tratando de no sostenerse por sí solo) prolifera una lista de autores que de alguna manera salva de la tradición, como Pound, Ginsberg y Hemingway. Además, introduce un nuevo canon, mayoritariamente integrado por poetas y escritores no muy conocidos (prologando sus obras, reseñando sus libros), como Al Masarik, Harold Norse, Irving Layton, Al Purdy, Douglas Blazek, Steve Richmond y John Fante.

Este último caso, el de Fante, fue el mayor acierto de Bukowski como productor cultural, y en este libro está el completo registro de la historia en un capítulo titulado “Conociendo al maestro”. Se trata de un texto conmovedor, especialmente en la parte en la que visita el hotel en Bunker Hill (Los Ángeles) donde Fante escribió Pregúntale al polvo y logró una escena inolvidable.

Bukowski cambia el nombre de esa novela por Tiempos cabales, Camila por Carmen, y el nombre de Fante por Bante: “Había memorizado todas las descripciones del vecindario en Tiempos cabales. Vivía en una choza de rejilla detrás de una pensión por dos dólares a la semana. El barrio se llamaba Bunker Hill. Y me propuse ver dónde había vivido Bante. Me fui por Angel’s Flight abajo y encontré justo el hotel que había descrito y me quedé delante del hotel mirando el interior. Noté que me recorría una de las sensaciones más intensas de mi vida. Estaba, sí, paralizado. Era el hotel. Aquella era la ventana por la que se había colado su extraña novia, Carmen. Me quedé allí plantado y miré la ventana. Era media tarde y la habitación estaba a oscuras. La persiana estaba medio echada y corría una leve brisa y la persiana se mecía un poquito. Allí había escrito Bante Tiempos cabales. Todo había salido de esa habitación, una habitación por delante de la que yo había pasado durante meses camino del Grand Central Market o de mi bar de copas preferido. Me quedé allí preguntándome quién estaría en esa habitación”.

La sencillez de la prosa y la poesía de Charles Bukowski, a veces mal entendida y subestimada por el público, tiene una explicación muy poética en un ensayo titulado “Entrenamiento básico”: “El lenguaje de un hombre deriva de dónde vive y cómo. Yo fui vagabundo y trabajador no especializado durante la mayor parte de mi vida. Las conversaciones que oía no eran precisamente eruditas (…). Las palabras eran balas, las palabras eran rayos de sol, las palabras se abrían paso entre la muerte y la predicción”.

Bukowski tenía mucho para decir, y esta publicación incluye más de ochocientas páginas. Resulta muy difícil escoger qué pieza es mejor que otra para representar al libro. Y uno, como comentarista de un libro, no puede batear tan fuerte como Bukowski, Masarik o Fante; todas especies de mariposas en un mal verano. Aunque me gustaría pensar –y decir– que este libro va a ser leído por una mínima mayoría, y que esa mínima mayoría creará algún día otro John Fante, y creará otro poeta, y creará más vida.

La crítica literaria de Bukowski realmente se aleja de la academia, abre nuevos horizontes y matices, más allá de los clásicos en la tradición de la literatura norteamericana (como Emerson, Bloom, Walter Allen y Kazin). Pero incluso se aleja del enfoque más “oposicional” de su entorno, como la contracultura beat: “La poesía debe transformarse, debe reafirmarse. Whitman lo entendió al revés: yo diría que para tener un gran público antes debemos tener gran poesía. Nunca lo había dicho, pero ahora estoy lo bastante ciego mientras escribo como para quizás decir que Ginsberg ha sido la fuerza de mejor augurio en la poesía americana desde Walt. Es una puta vergüenza que sea maricón. Es una puta vergüenza que Genet sea maricón. No es que sea una vergüenza ser maricón sino que tenemos que esperar y dejar que los maricas nos enseñen a escribir. Whitman, según tengo entendido, perseguía a los marineros”.

"Relatos y ensayos", Charles Bukowski. Traducción de Eduardo Iriarte Goñi. Anagrama, 880 págs.

 

 

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