Jordi Savall: “Hoy todas las orquestas suenan igual y eso es muy grave”
En 1991, la banda sonora de la película ‘Todas las mañanas del mundo’ hizo de él una estrella como compositor de música antigua e intérprete de la viola de gamba. Hoy, a sus 85 años y tras recibir el Premio Von Siemens —el Nobel de la música clásica— Jordi Savall sigue recorriendo los teatros, auditorios e iglesias de media Europa. Le visitamos en su casa de Bellaterra, cerca de Barcelona
Por Borja Hermoso
Uno llega a la casa de Jordi Savall en Bellaterra, a media hora de Barcelona, como el rehén asustado de una invisible paleta de sonidos. La música es probablemente, de entre las bellas artes, la que mayor capacidad ofrece de evocación y de ensoñación y, por lo tanto, de deformación de la realidad; quieras o no quieras te asalta y eso deforma tu imagen de las cosas, de las personas, fabricando los mismos prejuicios que síndromes de Estocolmo. Así que mientras se aparca el coche en la calle silenciosa y se adivinan las copas de los pinos y se suben las escaleras del chalecito años treinta, retumba en los oídos esa viola de gamba con los ecos de Marin Marais, de Sainte-Colombe y de Lully, y esa voz de Montserrat Figueras (su esposa, fallecida en 2011) susurrando a Monteverdi, y los melancólicos acordes de la banda sonora de Tous les matins du monde, la película de Alain Corneau (Todas las mañanas del mundo, 1991). No el disco por el que empezó todo ni mucho menos, pero sí el que lo catapultó al estrellato en el ámbito de la música antigua y especialmente en el de la interpretación violagambista. El disco que, tras vender cientos de miles de copias por todo el mundo, abrió la puerta a que de pronto un tal Jordi Savall y su viola de gamba parecieran casi Jimi Hendrix y su Fender Stratocaster, popularizando (temporalmente, eso sí) ese instrumento cautivador que, lástima, a muchos no les sugiere más que la banda sonora de un cortejo fúnebre.
Traspasada la puerta, el maestro ya espera arriba, en el descansillo. Jordi Savall (Igualada, Barcelona, 85 años) estrecha la mano de los visitantes mientras dibuja en su rostro una de esas sonrisas intemporales sacadas de algún retrato de época. La Academia de Bellas Artes de Baviera (Alemania) le otorgó a principios de año el Premio Ernst von Siemens, considerado en el gremio como el Nobel oficioso de la música clásica. Le fue concedido “por su papel fundamental en la investigación, interpretación y difusión de la música histórica y el patrimonio musical europeo”. La gala de entrega tuvo lugar en mayo en el Prinzregententheater de Múnich, en una velada en la que el galardonado dirigió a dos de sus formaciones habituales: La Capella Reial de Catalunya y Hespèrion XXI (la tercera es Le Concert des Nations).
El violagambista, compositor y director de orquesta exhibe, ante la atribución de tan importante galardón, una sabia y serena mezcla de emoción y autoestima realista: “Cuando ves el nivel de la lista de premiados, no te lo crees”. No le falta razón. Nombres como Daniel Barenboim, Nikolaus Harnoncourt, Claudio Abbado, Leonard Bernstein, Pierre Boulez, Herbert von Karajan, Olivier Messiaen y Benjamin Britten figuran en el abrumador palmarés del Von Siemens. Ningún músico español lo había recibido desde que Andrés Segovia lo hizo en 1985.
“Pero luego”, prosigue, “cuando te explican por qué te lo dan, entonces entiendes que en cierta forma la trayectoria de mi vida, todo lo que he luchado por la música y para hacer descubrir las músicas de otras épocas, y para ayudar a los músicos jóvenes y a los refugiados, pues sí… tiene un sentido”. Savall mantiene desde hace años un compromiso personal con los refugiados políticos de diferentes países a través de numerosos conciertos de carácter solidario y de proyectos pedagógicos como Orpheus 21, una iniciativa que reúne a músicos de distintas tradiciones y culturas para crear una infinita fusión de sonidos. Con este proyecto, Savall y sus colaboradores pretenden superar las fronteras culturales y geográficas, especialmente aquellas afectadas por guerras. “Sé que hacer música me ayuda a vivir, y también sé que mis grabaciones han servido a algunas personas con enfermedades, depresión y tendencias suicidas a superarlas y recuperarse. Además, conozco un poco la historia y sé que en sus peores y más trágicos momentos (guerras, expulsiones, genocidios…) es cuando más ha necesitado el ser humano compartir la música, y encontrar la paz y la esperanza gracias a su belleza, emoción y espiritualidad”.
“Así que, en definitiva”, concluye, “este premio me hace sentir más fuerte para poder seguir luchando, y con más fuerza. Por decirlo de forma resumida, yo diría que es como una medalla que te da más autoridad… aunque sepamos todos que la autoridad hoy ya no sirve de nada”.
A sus 85 años, Jordi Savall se mantiene en plena forma. El cuerpo está recto y flexible y las ideas y las palabras corren fluidas y llenas de matices. El músico se mueve con soltura por el salón y entre los cientos de volúmenes de su extraordinaria biblioteca, poblada de obras de historia, literatura, pensamiento y, por supuesto, música, incluidas valiosas colecciones de partituras antiguas. Lo acompaña durante la conversación y en su ir y venir por el salón y por el jardín su esposa, la filósofa y profesora holandesa Maria Bartels, con quien contrajo matrimonio en mayo de 2017.
Contemplándolo y escuchándolo se entiende mejor el hecho de que este pasado verano haya recorrido media Europa y ofrecido una veintena larga de conciertos, algunos como director y otros como intérprete. España, Francia, Italia, Portugal, Alemania, Austria y Reino Unido han jalonado su frenética actividad estival. En 2025, Savall participó en un total de 119 conciertos a lo largo de 18 países. Aquel año lo culminaría dirigiendo por vez primera a la Filarmónica de Berlín, que le rindió homenaje en tres conciertos. ¿El próximo reto en el calendario? El 19 de octubre dirigirá en el Auditorio Nacional de Madrid a Le Concert des Nations y a La Capella Nacional de Catalunya en un programa doble dedicado a Brahms: Un réquiem alemán, op. 45, y Canto del destino, op. 54. Este concierto será, además, el punto de partida de El Sonido Original, el nuevo ciclo que Jordi Savall y la fundación Centre Internacional de Música Antiga quieren desarrollar en Madrid con la voluntad de dar continuidad a su presencia en la ciudad.
Lejos de todo ello quedan los tiempos de la iniciación, de los amores primeros de Jordi Savall por la música, que hoy rememora sentado en el precioso jardín japonés de su casa en Bellaterra: “Yo tenía 13 años y fui a la Escuela de Música de Igualada. Un día fui a clase, pero mi profesor, el maestro Joan Just, estaba ensayando el Réquiem de Mozart con el coro de la Schola Cantorum de Igualada y un cuarteto de cuerda, y yo me senté en un rincón y estuve dos horas escuchando aquella maravilla de música. Salí llorando. Y me dije: ‘Si la música tiene este poder, me gustaría ser músico’. Tengo que decir que por aquella época yo era un fan de Elvis Presley y tocaba la armónica. Pero salí a la calle, me encendí un cigarrillo y estuve una hora paseando y pensando en aquella música. Y decidí comprarme un violonchelo”.
Jordi Savall empezó bastante tarde con el violonchelo… y aún mucho más tarde con la viola de gamba. Fue el músico colombiano Rafael Puyana quien le aconsejó estudiarla. Tras hacerlo en la Escuela de Música de Santiago de Compostela y después de tres infatigables años de trabajo autodidacta e investigación en la Biblioteca Nacional de París y en el British Museum de Londres, en febrero de 1968 viajó a Suiza gracias a una beca de la Fundación Juan March para perfeccionar sus estudios en la Schola Cantorum de Basilea. Allí fue alumno tres años y después, en 1973, obtuvo la plaza de profesor. Ya no abandonaría nunca ese instrumento: “Tiene una dimensión de sonido que es la más humana. Con la viola te puedes expresar como si hablases, puedes hablar al oído, susurrar, porque tiene mucha menos tensión que el chelo, ofrece una suavidad increíble”.
Pero antes de aquella epifanía adolescente —la de un chaval loco de rock and roll pensando súbitamente en Mozart y en comprarse un violonchelo— fue su padre quien había sentado las bases de su futura educación musical. Pese a haber sido militar republicano, metió al pequeño Jordi en un colegio religioso. Fue a una escuela de monjas entre los 4 y 6 años, y a las Escuelas Pías de los Escolapios de Igualada entre los 7 y los 14 años. El crío se apuntó al coro del colegio y allí estuvo hasta los 12 años. El director del coro, un compositor llamado Joan Just, fue el primer conductor de su vida musical. “Era una maravilla porque lo mismo te hacía escuchar Gershwin que Alban Berg que Rossini, tenía una cultura musical enorme”. Jordi Savall se queda pensando. “Bueno, en realidad mi primera maestra musical fue mi madre, que cantaba más que hablaba y moldeó mi personalidad”. El profundo apego que el músico siempre profesó por las nanas y las canciones de cuna como géneros musicales —y que nunca deja de reivindicar— viene de ahí, de aquel hablar cantando de su madre.
Se levanta, acaricia una de las violas de gamba de su colección, una italiana del siglo XVII, acomete unos acordes, la deja en su sitio, se sienta e imparte esta telegráfica lección de musicología: “Hay muchos niveles y formas de escuchar la música. Puedes escucharla y que te divierta, que te procure placer, placer superficial. Pero si tú vives la música espiritualmente, es otra dimensión. Si la vives espiritualmente, no puedes disociarla del bien”.
—Si aplicamos el concepto de la magdalena de Proust a la música, a su poder evocador, es fácil concluir que frente a otras formas de la cultura no tiene rival, ¿no?
—No, la música no tiene rival, y no lo tiene porque no le hacen falta palabras ni conceptos, simplemente te toca en el corazón y en los sentidos.
—¿Diría que hay música o que hay músicas?
—Diría que hay millones de músicas. Pero esa es una riqueza que se está perdiendo. Antes, todas las orquestas del mundo sonaban diferente, pero hoy todas tocan con los mismos instrumentos, instrumentos superperfectos, en general todas suenan igual. Y eso es muy grave. Forma parte de la homogeneización cultural. Muchos lenguajes han quedado globalizados en un lenguaje central.
—¿Puede profundizar en eso de la “globalización en un lenguaje central”?
—Hoy, en cada sala de conciertos existe la obligación de llenar. Y por eso escuchamos siempre las mismas obras de los mismos compositores, las más populares, claro. Y raramente se descubren nuevos músicos ni nuevos creadores. Estamos exclusivamente en el marco de la productividad y de la rentabilidad y vivimos en un mercado musical falseado, sin normas de competencia justa. Las grandes orquestas sinfónicas están subvencionadas, mientras que los conjuntos y orquestas barrocas independientes deben luchar para poder sobrevivir.
Savall, que en 2014 rechazó el Premio Nacional de Música por estar en contra de la política cultural del Gobierno del Partido Popular, lanza con serena indignación: “¿Cómo puede ser que en un país como este, que tiene sus mayores riquezas musicales en el medievo, en el Renacimiento y en siglo XVII no tengamos ningún conjunto dignamente subvencionado, con alguna pequeña excepción? En España hay una desidia musical. O igual es que este tipo de música no les parece sexy a quienes deciden esas ayudas públicas”. Cree que hay soluciones, y que una de ellas es que los responsables de la cultura hablen con la gente que tiene experiencia en ella: “Yo he pedido tres veces reunirme con el ministro de Cultura actual y aún no lo he logrado”. Hace tres años se reunió con Pedro Sánchez para hablar de estas cosas. Espera respuesta.
Todo se debe, a su juicio, al escaso interés institucional por la educación musical, y concretamente por la promoción de las músicas a las que él ha dedicado su vida: “¿Quién valora en España la música antigua? Nadie. Ningún ministro de Cultura ha tenido idea del valor del Códice de las Huelgas, del Códice de Alfonso X el Sabio, de los cancioneros de Juan del Encina”. Quizá por todo ello, y previendo ya entonces que dar salida a todo ese patrimonio sería un milagro, Jordi Savall decidió fundar hace tres décadas junto a su esposa, la soprano Montserrat Figueras, su propio sello discográfico, Alia Vox, desde el que ha lanzado centenares de obras y a autores del repertorio medieval, renacentista y barroco español y europeo.
Especialmente grave a sus ojos es “la desidia educativa y cultural”, que relaciona con la pobreza intelectual del actual proyecto europeo: “Europa tiene tratados comerciales, pero no culturales, y eso es grave. Si un conjunto de naciones como la UE no tiene un proyecto cultural común, nada puede funcionar. El mayor valor de Europa es la cultura”. Una de las cosas que más le preocupa es lo que juzga como “el grave problema de Spotify” en el mundo musical actual. “Esto destruye la creatividad de los músicos, sobre todo en el ámbito de la clásica y el jazz, porque no hay forma de poder recuperar unos mínimos dividendos para poder continuar trabajando”, asegura Savall. Por eso, hoy trabaja en colaboración con amigos franceses en la puesta en marcha de una plataforma con presencia de sellos independientes, para música clásica, música antigua, músicas del mundo y jazz.
¿Está empezando a perderse la guerra? ¿Podrán la dictadura del algoritmo, la innegable astucia de los actuales diseñadores de fenómenos culturales y la apisonadora de la inteligencia artificial con las formas, los nombres y los productos culturales clásicos que formaron y dieron placer a tantas generaciones? ¿Se ha roto la cadena? ¿Seguiremos leyendo un libro de Flaubert? ¿Escuchando una partitura entera de Bach? ¿Viendo películas de Buster Keaton? Preguntas que hacen reflexionar así a Jordi Savall: “Los libros, los periódicos, los discos, las películas, han sido reemplazados por medios digitalizados que ya no controlamos, como Spotify, y ya son los algoritmos los que dirigen nuestra vida en las redes. En cambio, es muy interesante observar que en las artes vivas, como el teatro y los conciertos, no pasa lo mismo sino que, año tras año, cada vez hay más público que quiere y necesita emocionarse en el contacto directo con los actores y con los músicos”.
Cae la tarde en Bellaterra. Durante la conversación, por la que han ido desfilando los nombres de admirados humanistas como George Steiner, José Saramago, Joseph E. Stiglitz, Elias Canetti o el llorado Nuccio Ordine —con quien compartió una estrecha amistad—, el autor de Juana de Arco y Todas las mañanas del mundo se ha mostrado convencido de una cosa: que si las instituciones apoyasen la cultura y la música, ellas mejorarían nuestras vidas. Aunque opone un preocupante pero: “Algo no estamos haciendo bien cuando cada año hay más multimillonarios y al mismo tiempo más pobreza y más desigualdad, más sufrimiento y más muertes de inocentes por guerras interminables como las de Ucrania, Palestina, Líbano o Irán”.
Jordi Savall —y ahí el músico deja paso al activista humanista— está convencido de que la sociedad en su conjunto está perdiendo algunos de los valores esenciales conquistados en la larga historia del ser humano. Y cree que solo hay una medicina: “Volver a poner a ese ser humano en el centro de todo, un nuevo Erasmo que piense en un humanismo para el siglo XXI”. Vasta misión. Luego sonríe mirando al suelo. Calladamente, ya nos está despidiendo. Porque tiene que seguir pensando. Pensando en su mundo, en todas las músicas del mundo, todas las mañanas del mundo.


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